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miércoles, 18 de marzo de 2020

EL FINAL DE NUESTRO MUNDO




"Una epidemia tan grande no se recordaba. Lo más terrible de esta enfermedad fue el desánimo. Se infectaban unos al atender a otros, morían como ovejas."
 (Tucídides, Libro II, 51, 4. - siglo V a.C.)



"Es preciso sufrir con la resignación de algo inevitable las cosas enviadas por la divinidad y con valor las que vienen de los enemigos."
 (Pericles según Tucídides, Libro II, 64, 2)




Diecisiete de marzo de 2020. Suena el despertador que programé la noche anterior, me levanto y abro la ventana. Es un día nublado, frío, desagradable. El día anterior ha nevado. Se acerca el fin del invierno pero no lo parece. Me preparo para salir al exterior, me lavo las manos con insistencia, me pongo el abrigo y suspiro. "Ahora vengo" - digo con tono alto dirigiéndome hacia quien se encuentra en el cuarto del fondo.

Bajo andando desde un sexto piso. Como siempre. Evito tocar el pasamanos de las escaleras. No sé quién lo ha tocado antes. ¿Estará infectado? Trato conscientemente de no rozar la pared, de pisar en el centro de los escalones. Llego al portal. La luz se enciende gracias a un detector de movimiento instalado dos meses antes. No le había dado importancia. Hoy sí. Me doy cuenta. Ha evitado que pulse el botón para enceder la luz. Entonces llega la hora de abrir la puerta que da a la calle. Hago un requiebro absurdo con el brazo intentando abrir la puerta con el codo según han dicho en la televisión. "Uno de los focos de contagio son los pomos de la puerta, los botones del ascensor...".

Salgo por fin a la calle. El viento frío de final del invierno sopla en mi cara. No hay nadie en la calle. La acera es toda para mí. No pasa ni un solo coche en ese momento. Avanzo un poco más. Me dirijo al supermercado que está dos calles más allá. En el camino me cruzo a dos transeúntes. Van solos. La ley dictada dos días antes no permite ir en parejas o grupos. En realidad no permite salir a la calle más que para ir a trabajar, a comprar comida, sacar a pasear al perro o acercarse al banco a por dinero. Uno de ellos lleva una pequeña bolsa. El otro está paseando un precioso pastor alemán que tira fuerte de la correa. Parece que tiene prisa.

Entonces llego a la entrada del supermercado. Dos señoras hablan en la puerta. Están separadas por casi dos metros de distancia. Una de ellas fuma un cigarrillo. "Buenos días" - digo al entrar a la tienda. Ninguna contesta. Quien sí se dirige a mí, nada más cruzar el umbral de la puerta, es la cajera que atiende una cola de cuatro o cinco clientes - "Póngase los guantes, son obligatorios". La miro incrédulo. El día anterior no había necesitado guantes. No había visto la cajita de guantes de plástico transparente que había justo delante de mí. Los clientes me miran resignados. Me pongo los guantes y, por fin entro a la tienda.

Busco pocas cosas: pan, leche, chocolate, unos pimientos... Recorro los pasillos. Cuando estoy entre dos estanterías me cruzo con otro cliente. "Uy, perdón" - me dice sobresaltado. Y rápidamente se da la vuelta alejándose de mi. No sabe si yo también estoy infectado. Me cruzo con una señora del barrio. La conozco de vista de siempre. Lo mismo. Me dice un escueto "hola" y se da la vuelta. Avanza rápido tapándose la nariz y la boca con un pañuelo de usar y tirar. Como si ese pañuelo fuese el escudo definitivo contra el mal que nos acecha.

Cojo de las estanterías todo lo que necesito. Me acerco a la caja para pagar. Hay que respetar la distancia entre unos y otros. Líneas rojas señalan donde se tienen que colocar los clientes aguardando el turno. "Señora, colóquese más atrás por favor" - se dirige uno de los empleados del supermercado a una mujer que estaba detrá de mí. Había sobrepasado la línea. Los demás clientes miran hacia abajo. Algunos llevan mascarilla. "¿Para qué?" - pienso yo - "dicen que no es necesaria en la vida diaria...".

Llega mi turno. "Nueve con cincuenta, por favor" - me dice la cajera. Acto seguido se retira a dos metros hacia atrás. Saco la tarjeta bancaria. Han dicho que es mejor pagar con tarjeta que en efectivo. El dinero puede contener el virus. Tecleo el número secreto. La cola de clientes que espera a pagar es larga. Me doy cuenta de que todos esperan a que me marche. La cajera no va a cobrar al siguiente hasta que yo no haya depositado todos los productos que acabo de comprar en la bolsa que traigo de casa. Hay que mantener una distancia prudente.

Meto todo atropelladamente en la bolsa y me marcho. Antes de salir me doy cuenta de que tengo que quitarme lo guantes. De dentro hacia afuera y dando la vuelta al guante. "Adiós, buenos días" - nadie contesta. Definitivamente no son buenos días.

En la calle, de vuelta a casa, me cruzo con otra mujer. Lleva un carrito de la compra. Pasamos a una distancia prudente. Dos metros uno del otro. Por si las moscas... Ahora veo más coches en la calle. Cuatro. Todos van ocupados por una persona sola. El decreto aprobado por el Gobierno el día anterior prohibe más ocupantes. Sólo el conductor. Me dirijo a mi casa. Otra vez el mismo dilema. ¿Cómo abrir la puerta? Saco la llave y con ella empujo la puerta del edificio. La luz del portal se enciende automáticamente. "Menos mal". Para llamar al ascensor uso también la llave. No toco nada con las manos. No vaya a ser.

"¡Menudo panorama!" - exclamo al entrar en casa. Dejo la bolsa de la compra, me quito el abrigo y corro a lavarme las manos a conciencia. Cuarenta y cinco segundos frotándolas. "Hay que lavarse las manos bien" no paran de repetir una y otra vez en la tele. "¡Ven que van a decir en la tele las noticias!".

Son malas las noticias. Casi 14.000 infectados en toda España. Unos 600 fallecidos. El virus se extiende sin crontrol. Los hospitales se encuentran prácticamente saturados. No hay remedio para la enfermedad. El confinamiento de la población decretado por el Gobierno estaba previsto para quince días. Ya se habla de que el Estado de Alarma se va a prolongar. La desconfianza, el temor y el desánimo atenazan a la población más incluso que el mal. Esos son el verdadero mal. Si se perpetúan puede ser el fin del mundo. De nuestro mundo. 

¿Cuándo terminará todo esto? ¿Cómo será la sociedad que nazca de esta emergencia de salud pública? ¿Qué contará la Historia sobre esta pandemia dentro de varios siglos? Quizá se vea como el fin de una época.








 

"Es que lo repentino, inesperado y que sucede sin posibilidad de cálculo, esclaviza el entendimiento, cosa que os ha ocurrido en lo relativo a la epidemia"

(Tucídides, Libro II, 61, 3).

domingo, 1 de marzo de 2020

"RETRATO DE MARÍA TUDOR" DE ANTONIO MORO

 
  • Autor: Antonio Moro
  • Estilo: Renacimiento (s. XVI)
  • Año: 1554

En una época en la que no existían las fotografías ni los teléfonos móviles, los futuros esposos se conocían a través de retratos como este. Después de concertar el matrimonio entre el príncipe Felipe de Habsburgo (futuro Felipe II) y la reina María Tudor de Inglaterra, el pintor holandés Antonio Moro marchó a Londres para retratar a la soberana y enviar la pintura a España. De igual forma, Tiziano retrató a Felipe y el cuadro fue enviado a Inglaterra. Dicen que, cuando la reina María vio el cuadro de su futuro esposo, un joven adolescente, quedó enamorada al instante. No se puede decir lo mismo de Felipe al ver a su futura esposa.

María Tudor era la única hija de Enrique VIII de Inglaterra y su primera esposa, la reina Catalina de Aragón (hija de lo Reyes Católicos). Devota católica, al contrario que su padre y sus hermanos, subió al trono inglés tras morir su hermano Eduardo VI sin herederos. Volvió a instaurar el catolicismo como religión oficial en Inglaterra y desató una terrible persecución de los protestantes. Por eso, hoy en día es conocida en Inglaterra como "Bloody Mary" (María "la Sanguinaria").

El pintor intentó disimular la edad de la reina, mayor que la de Felipe. María tenía 38 años mientra que el príncipe apenas contaba 27. También se afanó por mejorar su apariencia pues muchos hablaban de la feladad de la reina. Sin embargo, el resultado final no consigue impedir que el espectador descubra ambos problemas.

Se trata de un retrato a tres cuartos en el que observamos a la reina sentada en un sillón, aunque su postura es erguida. Sostiene con la mano derecha una rosa roja, ímbolo de la Dinastía Tudor. En muchas ocasiones se ha afirmado que el colgante es la llamada "Piedra Peregrina", una joya que estuvo vinculada durante siglos a la Monarquía Hispánica y que, presuntamente, habría regalado el príncipe Felipe a su futura esposa al saber que iba a casarse con ella. No obstante, esto es falso puesto que Felipe II adquirió la "Piedra Peregrina" años después de su matrimonio con la reina de Inglaterra.

En 1554, Felipe se casó con María Tudor en Londres. Ella estaba perdidamente enamorada de Felipe, anque este no la correspondía con su amor. El matrimonio no pudo tener hijos, aunque la reina sufrió algunos "embarazos psicológicos". En 1556, Felipe salió de Inglaterra para suceder a su padre, el emperador Carlos V, y no volvió a ver a su esposa. María Tudor falleció en 1558.

martes, 25 de febrero de 2020

UN SIGLO DE CONSTITUCIONES (PARTE 2)

Las Constituciones de 1812 y 1837


 Sesión de las Cortes de Cádiz

Ya hemos dicho en otras entradas de este blog, y los historiadores lo han repetido hasta la saciedad, que la Constitución aprobada en 1812 por las Cortes reunidas en Cádiz marcó el inicio de la historia constitucional de España. En palabras más vulgares, fue el pistoletazo de salida del liberalismo español. "La Pepa", como fue conocida esta constitución por haberse aprobado el 19 de marzo, día de San José, se convirtió en algo parecido al catecismo de los liberales españoles. Fue durante años una especie de libro de recetas que pondría fin a todos los males de la patria.

En realidad, el alcance real que tuvo la Constitución de Cádiz fue muy limitado, igual que toda la obra legislativa impulsada por las Cortes generales y extraordinarias del Reino reunidas en la entonces cosmopolita capital andaluza. Apenas estuvo vigente seis años y en la mitad de ellos, no en todo el territorio nacional. Fue aprobada, como hemos dicho, en marzo de 1812, en plena Guerra de la Independencia (1808 - 1814), por lo que su vigencia, se limitó, en un principio, a Cádiz. Cuando llegó Fernando VII, en 1814, fue suprimida. Estuvo vigente también, ya en todo el país, durante el Trienio Liberal (1820 - 1823) y abolida de nuevo tras la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis. Finalmente, fue otra vez repuesta tras el pronunciamiento de los sargentos de la Granja en 1836, pero sólo provisionalmente hasta la aprobación de un nuevo texto.

A pesar de todo, la Constitución de 1812 fue revolucionaria por muchos factores. Creó un Estado constitucional y unitario según el modelo liberal y sentó las bases de lo que, andando en el tiempo, sería el Estado de derecho. El Parlamento, las Cortes, se convirtieron en el centro de la vida política ejerciendo una enorme influencia en el Consejo de Regencia, que asumió el poder ejecutivo durante la Guerra de Independencia en ausencia del monarca. Estableció la separación de poderes pero el control que ejercían las Cortes - poder legislativo - sobre el débil Consejo de Regencia - poder ejecutivo - fue abrumador. De hecho, algunos historiadores hablan de un sistema político semiasambleario de cámara única.

"La Pepa" no incluye una declaración de derechos individuales sino derechos  de la nación. Los derechos y libertades propios del liberalismo (libertad de opinión, libertad de imprenta, propiedad privada, inviolavilidad del domicilio, derecho a la educación, etc.) se recogían pero dispersos a lo largo de todo el texto. Se habla, por primera vez, de nación española pero muchos estudiosos la etiquetan de "nación católica" puesto que no se contemplaba la tolerancia religiosa. La religión oficial de la Monarquía era la católica, algo que contradice la libertad religiosa, propia del liberalismo en el resto de Europa. 

Las Cortes de Cádiz también desarrollaron una amplia labor legislativa demoliendo las bases del Antiguo Régimen y del sistema feudal que existía - y exitiría por muchos años - en España. En 1810 se aprobó el decreto de libertad de prensa lo que abrió la puerta para una explosión de cabeceras de periódicos. Cádiz se convirtió en una gran caldera política e intelectual donde hervía el liberalismo español entre tabernas, burdeles, teatros e iglesias.

 Promulgación de "la Pepa", 19 de marzo de 1812

En los años treinta, el liberalismo español se moderó, como estaba ocurriendo en toda Europa. Después de los terribles años del reinado de Fernando VII, entre la persecución y el exilio, muchos liberales españoles opinaban que "la Pepa" era una Constitución de tiempos revolucionarios. Había que reformarla para adaptarla a las nuevas corrientes y a los intereses de la burguesía. Alcalá Galiano, que había participado en el pronunciamiento de Riego de 1820, había conocido el modelo parlamentario inglés durante sus años de exilio en Londres. El modelo británico, moderado y estable se convirtió en un ejemplo para los liberales españoles. También el modelo francés impuesto por la Monarquía de Luis Felipe de Orleans tras la Revolución de 1830. Finalmente, el influjo del liberalismo doctrinario también de raíz francésa, desarrollado por intelectuales como Constant, fue importante en la evolución política del liberalismo español.

El resultado fue la promulgación de la Constitución de 1837 que establecía una Monarquía Constitucional similar a la francesa y a la británica. El nuevo texto se presentó como una reforma de la Constitución de Cádiz para adaptarla a los nuevos tiempos. Se encargaron de redactarla los liberales progresistas tras el pronunciamiento de la Granja que había obligado a la regente María Cristina de Borbón a entregarles el poder. 

El contexto internacional era favorable a esta reforma. España se integró en la llamada Cuádruple Alianza junto a Gran Bretaña, Francia y Portugal. París y Londres se habían propuesto consolidar el régimen liberal tanto en Portugal como en España frente a las reacciones absolutistas representadas por los "miguelistas" y los "carlistas" respectivamente. Por ello, enviaron apoyo financiero y militar a la Península y acogieron de buen grado la promulgación de una constitución con vocacion transaccional. La española de 1837 no fue en ningún caso de consenso puesto que los liberales moderados no participaron en su elaboración y, de hecho, cuando subieron al poder, la reformaron, pero sí tenía una voluntad de unir a los partidos liberales frente al carlismo. Recordemos que ese mismo año, una expedición del pretendiente Carlos había llegado hasta la puertas de Madrid poniendo en peligro el trono de la niña Isabel II y el propio Estado liberal.

El sistema político se basaba en la separación de poderes. La dirección política del Estado descansaba en el monarca, que actuaba como árbitro del juego. Tenía además amplios poderes, como el derecho a veto y la potestad para disolver las Cortes. En ellas se encontraba el poder legislativo y eran elegidas por sufragio directo, modificando el sistema electoral de la Constitución de 1812 (sufragio indirecto muy complejo). El sistema era bicameral, de Congreso y Senado, frente a la cámara única de las Cortes de Cádiz. Como puede verse, el liberalismo español, moderado ahora, buscaba un texto de acuerdo a sus intereses. El listado de derechos y libertades era amplio, incluyendo el de la tolerancia religiosa. "La religión de España es la que profesan los españoles" decía el texto constitucional.

Según numerosos historiadores, como Varela Suances, el modelo de 1837 influiría en el constitucionalismo español hasta 1923. Este sienta las bases del funcionamiento político a lo largo del siglo XIX. La más importante de ellas es la dualidad del poder ejecutivo, de la que no hemos hablado. Si de acuerdo con la Constitución de 1812, el poder ejecutivo recaía en el monarca y en sus ministros, la Constitución de 1837 lo divide entre el monarca y el consejo de ministros. El monarca actúa de árbitro, elige al presidente del consejo de ministros y puede influir en sus decisiones, pero las dos figuras están separadas. Esta dualidad, que contribuía a restar poder al rey y a alejar su figura del juego político, fue común en Europa.

En cualquier caso, no logró la Constitución de 1837 convertirse en el marco definitorio del régimen liberal en España porque fue incumplida por los partidos políticos y por la Corona. Además, la aparición de los espadones, Espartero, Narváez y O'Donnell, entre otros, inyectaría una gran dosis de inestabilidad en la política española. No obstante, sí abrió esta constitución dos vías que se manifestarían a lo largo de todo el siglo XIX: el modelo progresista - demócrata, heredero directo de la de 1837, del proyecto de 1856 y de la constitución revolucionaria de 1869, por un lado; y el modelo moderado de las constituciones de 1845 y 1876, por otro.

sábado, 22 de febrero de 2020

"EL CABALLERO DE LA MANO EN EL PECHO" DE EL GRECO

 
  • Autor: El Greco
  • Estilo: Manierismo (s. XVI)
  • Año: hacia 1530

Esta obra es una de las más conocidas de su autor, el Greco, y uno de los símbolos del Museo del Prado. Se trata de uno de tanto retratos que hizo el pintor griego en Toledo y se ha tomado, tradicionalmente, como ejemplo de caballero castellano de la Edad Moderna.

Desconocemos su identidad. Hay quien dice que podría tratarse de Juan de Silva, notario mayor de Toledo. Algunos han dicho incluso que es un autorretrato de El Greco.

El cuadro se caracteriza por su sencillez absoluta. Según la Guía del Prado (2014), se trata de "un busto recortado sobre un fondo neutro, con ropajes que indican la riqueza del personaje, y con la luz concentrada, por una parte, en el rostro y en las manos, ambos enmarcados por la gorguera y los puños, y por otra, en detalles de discrta ostentación". Destacamos:
  • El color negro de la vestimenta no indicaba austeridad sino, por el contrario, indica riqueza ya qye el tiente negro para la ropa era muy caro.
  • La empuñadura de la espada es un símbolo de nobleza. Portar espada era uno de los privelegios de la nobleza.
  • La cadena semioculta es una muestra de riqueza también.
  • La mano en el pecho indica el honor, la honra, tan importante en la España de los siglo XVI y XVII.


 
BIBLIOGRAFÍA: VV.AA. (2014): "La Guía del Prado". Madrid: Museo Nacional del Prado.

jueves, 20 de febrero de 2020

UN SIGLO DE CONSTITUCIONES (PARTE 1)

Liberalismo. Constitucionalismo. Parlamentarismo. Estas tres palabras definen el siglo XIX español. Un siglo tan convulso e inestable como denostado durante décadas porque empezó con una guerra, la de la Independencia (1808 - 1814) y finalizó con un destrastre, el del 98. El Franquismo también inyectó en la memoria colectiva de los españoles el rechazo por un siglo XIX "fracasado" y "decadente", en el que habían triunfado los supuestos males de España.

Sin embargo, el siglo XIX en España no fue muy distinto al de otros países de Europa Occidental. Portugal, Bélgica, Italia, Alemania o Francia atravesaron experiencias políticas tan convulsas como las españolas. Además, los españoles tuvieron el honor de promulgar la tercera constitución de la Historia universal, la de 1812, después de la norteamericana de 1788 y la francesa de 1791. Otro récord es el número de constituciones en el siglo XIX, después de Francia, que promulgó nada menos que once entre 1791 y 1900, España se encuentra en segundo lugar. Promulgó cinco constituciones escritas entre 1812 y 1900, a las que podemos sumar el Estatuto de Bayona de 1808, el Estatuto Real de 1834 y las constituciones que no llegaron a promulgarse de 1856 y 1873. Este trajín de constituciones fue fruto de las convulsiones políticas que sufrió país a lo largo del siglo.

A pesar de la inestabilidad política, los conflictos y la violencia, debemos reiterar que el siglo XIX fue un siglo fundamentalmente constitucional. Durante la mayor parte de la centuria, la vida política del país estuvo regida por una constitución escrita, si exceptuamos el comienzo del siglo, hasta 1808, donde estuvo vigente sin ninguna contestación el absolutismo de Carlos IV; los años de la Guerra de Independencia (1808 - 1814), en la mayor parte del país; y largos años del reinado de Fernando VII (1814 - 1820 y 1823 - 1833). En otras palabras, setenta y uno de lo cien años del siglo fueron constitucionales. Desde 1834 hasta 1900 estuvo vigente una constitución, ya fuera moderada, progresista o democrática. Y este periodo constitucional se prolongó hasta el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923, bien entrado el siglo XX. En total, unos noventa años seguidos de gobiernos constitucionales.

De hecho, si hay un siglo constitucional en la Historia de España, es el siglo XIX. Por hacer una simple comparación, sólo en cicuenta y un años de los cien del siglo XX estuvo vigente una constitución. Las dictaduras de Primo de Rivera (1923 - 1930) y la del general Franco (1939 - 1975) fueron oscuros y largos años de negación del constitucionalismo. Cualquier constitución liberal fue denostada y rechazada, sobre todo durante el Franquismo. En el siguiente esquema podemos visualizar mejor los periodos constitucionales y las etapas de negación del constitucionalismo en la España de los siglos XIX y XX.

Periodos constitucionales en los siglos XIX y XX

Si obviamos el llamado Estatuto de Bayona de 1808 por ser redactada por extranjeros y promulgada fuera del país, el punto de partida del constitucionalismo español fue 1812, con la promulgación de la Constitución de Cádiz, "la Pepa". Aquel 19 de marzo de 1812, la soberanía dejaba de estar monopolizada por el rey y se otorgaba, por primera vez en la Historia de España, a un colectivo, la nación. Se reconocía la igualdad de los españoles "de ambos hemisferios" (metrópoli y territorios ultramarinos) ante la ley y se establecía la separación de poderes.

La Constitución de Cádiz apenas estuvo vigente seis años no consecutivos y nunca en todo el territorio durante la Guerra de la Independencia. Posteriormente, tras la muerte de Fernando VII en 1833, la Corona, encarnada por la regente María Cristina de Borbón, madre de Isabel II, sancionó un sucedáneo constitucional denominado habitualmente Estatuto Real, que fue redactado por el Marínez de la Rosa. Tampoco se puede considerar esta una constitución pues no fue más que una Carta otorgada por la Corona siguiendo el modelo del liberalismo doctrinario francés. 

El impulso constitucional se retomaría tras el pronunciamiento de los sargentos de la Granja de San Ildefonso en 1836 que obligaría a la regente a reinstaurar la Constitución de 1812 hasta la promulgación de otra adaptada a los nuevos tiempos. Esta se promulgaría en 1837 y, desde entonces, nunca más en el siglo XIX, España estaría sin Constitución. Los textos constitucionales se convirtieron en una especie de catecismos civiles, evidenciándose una auténtica devoción por las constituciones escritas a lo largo de toda la centuria. Era la forma de reflejar, de fijar, los principios liberales, las declaraciones de derechos y libertades de la ciudadanía y la organización y el funcionamiento del Estado.

En cuanto a la forma de gobierno, la propia del siglo XIX fue, sin ninguna duda, la Monarquía, que estuvo vigente durante toda la centuria a excepción del periodo 1873 - 1874 (no llegó a dos años), la Primera República. También fue el siglo del surgimiento de la opinión pública si bien este proceso fue lastrado por las elevadas tasas de analfabetismo en España. A finales del siglo XIX un 70% de la población no sabía leer ni escribir. Una grupo minoritario, muy restringido, sí lo hacía. La libertad de expresión y de imprenta impulsó la proliferación de la prensa. La decimonovena centuría asistió a una explosión de la prensa escrita. La mayor parte de los periodicos defendían las constituciones con vehemencia y tenían una vida de escasa duración - como las propias constituciones -.

La oratoria también se desarrolló imparablemente en el siglo. Es el siglo de los grandes oradores: Argüelles, Olózaga, De los Ríos Rosas, Castelar, Sagasta. Todos fueron maestros de la oratoria, mentes lúcidas y voces vivaces que defendieron sus ideas incansablemente en las Cortes. El palacio del Congreso de los Diputados se convirtió en el centro de la vida política si bien lamentamente mediatizado por el ruido de sables de los espadones y las intrigas de la Corona y su camarilla.

Los partidos políticos, todos ellos liberales durante buena parte del siglo, hicieron de las cartas magnas armas políticas contra los adversarios. Ya durante el Trienio Liberal (1820 - 1823), cantaban los liberales el "Trágala" a Fernando VII. Y durante el reinado de Isabel II, todos trataron de imponer "sus constituciones" a los otros. En otras palabras, la mayor parte de las constituciones del siglo fueron el reflejo de los programas políticos de los partidos que las redactaban. No obstante, toda nueva constitución se presentó como una modificación de la precedente. Así, la de 1837 fue presentada como una reforma de la de 1812; y la de 1845 como una rectificación de la de 1837. En 1856 también se añadieron actas adicionales a la de 1845, como veremos.

Por lo que respecta al sufragio, fue censitario durante la mayor parte de siglo a excepción del establecido por la Constitución de Cádiz en 1812 y por la revolucionaria de 1869, que fue universal masculino. El sufragio universal masculino se aprobaría definitivamente en 1890. Aunque hubo numerosos criterios para restringir el sufragio a lo largo del siglo, el más habitual fue el umbral contributivo, es decir, la capacidad económica de lo electores. Dependiendo de los intereses del partido en el gobierno se aumentaba o disminuía dicho umbral permitiendo votar a más o a menos ciudadanos. Dio igual, en cualquier caso, pues el falseamiento de las elecciones, el pucherazo y la manipulación de los resultados fue una constante durante todos el siglo, con sufragio universal o censitario.

Tampoco contemplaron las constituciones decimonónicas la igualdas de sexos. De hecho, el Código Civil aprobado en 1889 e inspirado en el Código Napoleónico regulaba la desigualdad entre hombres y mujeres. A finales del siglo emergió el primer feminismo que tuvo como una de sus máximas representantes a la escritora gallega Emilia Pardo Bazán. 

Tampoco se contemplaron los derechos laborales y sociales en la mayor parte de los textos constitucionales del XIX. Todo ello a pesar de que el movimiento obrero tuvo sus primeros chipazos en España en la década de 1830. En 1833, los luditas habían quemado la primera fábrica del país, "El Vapor", propiedad de los hermanos Bonaplata en Barcelona. El mutualismo y las primeras asociaciones obreras empezaron a configurarse en las décadas de 1840 y 1850, en la clandestinidad; y el anarquismo y el marxismo sólo penetraron en España a partir de 1868. Fue precisamente la Constitución revolucionaria de 1869 la primera que reconoció el derecho de asociación, abriendo la puerta a la formación de sindicatos de clase legalmente constituidos. Empero, la dictadura del general Serrano establecidad provisionalmente tras el fracaso de la Primera República, anuló este derechó y prohibió las asociaciones obreras.

Es el momento de hablar detenidamente de cada constitución. Lo haremos en entradas posteriores. Por ahora, basta con esta pequeña introducción.

 

sábado, 15 de febrero de 2020

LOS CUADROS ERÓTICOS DE TIZIANO PARA FELIPE II



  • Títulos: "Dánae recibiendo la lluvia de oro" y "Venus y Adonis"
  • Autor: Tiziano
  • Estilo: Renacimiento italiano (s. XVI)
  • Años: 1553 - 1554

Estos cuadros fueron encargados por el príncipe Felipe (futuro Felipe II) a Tiziano a mediados del siglo XVI. La temática es mitológica, pero esconden las relaciones amorosas de Felipe con Isabel de Osorio, una dama de compañía de su madre, la emperatriz.

"Dánae recibiendo la lluvia de oro"

"Dánae recibiendo la lluvia de oro" muestra el momento en el que el dios Zeus se transofmra en lluvia de oro para poseer a la princesa Dánae, encerrada en un castillo por su padre. Hace referencia al amor impoible de Felipe e Isabel ya que, mientras él es el heredero de la Monarquía más poderosa de Europa, ella es ólo una plebeya. Se cree que el rostro de Dánae corresponde con el de Isabel de Osorio. Tiziano sustituye a Cupido por una anciana vestida con harapos para mostrar la diferencia con el joven cuerpo desnudo de Dánae.

 "Venus y Adonis"

"Venus y Adonis" muestra el momento en que Venus se despide de Adonis cuando este se dispone a ir a cazar un jabalí. Venus sabe que el jabalí matará a Adonis como en efecto ocurrió. La despedida hace referencia a la ruptura de la relación de Felipe e Isabel de Osorio cuando el príncipe debe marchar a Inglaterra a casarse con la reina María Tudor. Como Venus, Isabel e despide de Felipe porque quizá no lo volverá a ver nunca más. De igual forma, el rostro de Venus es el de Isabel y el de Adonis es el de Felipe.

Durante el Renacimiento no había impedimento para representar cuerpos desnudos como hace aquí Tiziano siempre que fuesen personajes mitológicos de Grecia o Roma. El hecho de que el príncipe Felipe encargarse a Tiziano estoss cuadros, de claro contenido erótico, contrasta con la imagen que e ha mostrado de Felipe II como un rey reservado, autero, defensor de la Contrarreforma católica del Concilio de Trento. Hay que señalar que, durante el siglo XVII, esto cuadros no e expusieron en el Alcázar de Madrid por incitar al pecado y e mantuvieron ocultos para deleite privado de alguno monarcas, como Felipe IV.

viernes, 7 de febrero de 2020

"CARLOS V EN MÜHLBERG" DE TIZIANO

  • Autor: Tiziano
  • Estilo: Renacimiento italiano (s. XVI)
  • Año: 1548

Se trata del retrato más importante que el pintor veneciano hizo de Carlos V. Representa al emperador montado a caballo durante la Batalla de Mülhberg (1547) en la que los ejércitos imperiales derrotaron a las tropas protestantes de la Liga de Smalkalda. A pesar de la victoria imperial, Carlos V tuvo que reconocer la dualidad religiosa (protestantes - católicos) en el Sacro Imperio Romano Germánico en la Paz de Augsburgo (1555).

Tiziano nos muestra a Carlos V como un soberano poderoso, magnánimo y valiente. Lidera a sus tropas como hacían los reyes medievales (eran un rey soldado) y muestra firmeza y tesón. El rostro refleja serenidad a pesar de la tensión de la guerra. Todas las referencias a la batalla son implícitas porque en el cuadro no hay ningún otro personaje.

Tiziano se inspiró en la escultura ecuestre romana de Marco Aurelio (emplazada en la Plaza del Capitolio de Roma). Como elementos destacados mencionamos:

  • La armadura que aún se conserva en la Armería del Palacio Real de Madrid.
  • El Toisón de Oro, símbolo de la Monarquía española.
  • La banda carmeí, símbolo de los generales en el campo de batalla.
  • La lanza, sostenida con la mano derecha, es el símbolo de San Jorge.
  • Con la izquierda sujeta con firmeza las riendas de un caballo castaño español.
El caballo representa el imperio de Carlos V. A pesar de la corveta, el emperador está sereno, es un pacificador. Se trata de una clara alusión a la victoria en la batalla que ha llevado la paz al Sacro Imperio.

Es interesante saber que en aquel momento, Carlos V apenas tenía cuarenta y siete años, pero aparentaba ser un anciano. Sufría gota, una enfermedad común en los reyes, lo que le obligaba a permanecer en cama en muchas ocasiones. De hecho, asistió a alguna batalla en silla o en cama y no montado a caballo debido a los terribles dolores que sufría. La imagen victoriosa que nos presenta aquí Tiziano no se correspondía con la realidad en el momento en que se pintó el cuadro.

Tiziano rechaza aquí la pincelada precisa y prefiere trazos rápido, vigorosos y enérgicos. Con las obras de Tiziano, Carlos V inició la colección real del Museo del Prado en el siglo XVI, aunque sin ser consciente de ello.