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jueves, 22 de agosto de 2019

VASCO DE GAMA Y LAS GESTAS PORTUGUESAS


Puente Vasco de Gama, Lisboa

Con motivo de la Exposición Universal celebrada en Lisboa en 1998 fue construido un puente de dimeniones colosales que cruza el río Tajo. El nombre que el gobierno portugués dio a la estructura fue Vasco de Gama, un gran homenaje al marino y una gran metáfora de su hazaña. El puente, el más largo de Europa, conecta las dos orillas del estuario del Tajo, igual que el navegante portugués, quinientos años antes, conectó dos mundos: Europa y la India.

La gran época de la Historia de Portugal es la Era de los Descubrimientos. Ningún pueblo desde los antiguos fenicios y griegos, y quizá los vikingos en la Edad Media, se había echado al mar como hicieron los portugueses en el siglo XV. No podía ser otra que la pequeña nación portuguesa, aislada de Europa pero abierta al océano, la que iniciase una expanión ultramarina que la llevó a surcar todos los océanos y alcanzar todos los continentes.

Estamos cansados de escuchar una y otra vez la historia de las especias llegadas del Lejano Oriente a través de la Ruta de la Seda. Eran los árabes y los bizantinos quienes las tranportaban hasta El Cairo y Constantinopla y desde estos puertos, las especias eran llevadas por los italianos hasta Europa. Su rareza, imposibles de cultivar en Europa, y su valor, como condimento de los alimentos (sobre todo la carne en mal estado), bien merecían el arriesgado viaje desde las Molucas hasta el Viejo Continente. Y su precio desorbitado también se explica con ello, más aún cuando los turcos cortaron el cordón umbilical por el que se suministraban a Europa al conquistar Constantinopla en 1453.

Para entonces, ya un infante portugués había planteado la posibilidad de explorar las aguas de la Mar Océana que bañaban las costas de su país. Era don Enrique apodado "el Navegante" aunque, en realidad, sólo navegó una vez, a Ceuta en 1415. Cuando regresó a Lisboa convenció a los marinos portugueses de las posibilidades que ofrecían las tierras allende el océano y abrió el camino para la expansión ultramarina de Portugal. Pocos años después fueron conquistadas las Islas Azores, en medio del Atlántico; y más al sur, las Islas Madeira; y más al sur, las Islas Cabo Verde.

 Arriba: Monumento a los descubrimientos y puente del 25 de abril desde la Torre de Belem; Abajo: Estatua de Enrique "el Navegante" que parece arrojar una pequeña carabela a las aguas del Tajo.

¿Y llegar a Asia navegando alrededor de África? Nadie sabía dónde terminaba el inhóspito continente africano, impenetrable y desconocido por sus desiertos y sus selvas. Pero en algún sitio debería terminar y allí se abriría otro oceáno que conduciría seguro a la India y a las especias. Esa idea estaba en la cabeza de don Enrique cuando fundó la Escuela de Navegante de Sagres. Durante décadas, los marinos portugueses, amparados por la Corona, exploraron las costas africanas fundado factorías y trazando cartas - mapas - donde representaban las líneas del continente. Cuando los negros africanos se mostraban amigables, los portugueses intercambiaban baratijas por oro y por esclavos. Si se motraban hostiles era mejor seguir navegando.

Tuvieron que vencer muchos miedos. Nadie ponía en duda entonces que la tierra era redonda pero ¿qué había en las aguas del Mar Tenebroso? Las leyendas hablaban de monstruos que devoraban a los marinos y en la línea ecuatorial se decía que las aguas hervían por el calor y cocían a los navegantes sin remedio. ¡Cuántos marinos murieron en aquellas expediciones! ¡Cuántas naves fueron barridas por las tempestades! ¡Cuántas frustraciones tuvieron que vencer! ¡Había momentos en los que parecía que África no terminaba nunca!

En 1488, por fin, una expedición capitaneada por el navegante Bartolomé Días alcanzó el Cabo de Buena Esperanza, el extremo más austral del continente africano. No podemos imaginar hoy la alegría de los marineros cuando vieron en las brújulas que navegaban rumbo al norte. Bartolomé Días quiso continuar hasta alcanzar la India pero sus marineros, exhautos y prudentes, le obligaron a volver a Portugal y anunciar la buena nueva: el fin de África había sido encontrado, el camino a la India estaba abierto.

No es difícil comprender por qué el rey Manuel I "el Afortunado" rechazó la propuesta de Colón de alcanzar la India navegando hacia el Oeste. ¿Para qué desperdiciar fuerzas en una empresa de resultados inciertos si el camino por África es seguro? Tampoco es difícil comprender el alarmismo de los portugueses cuando en 1493 Colón regresó a Europa afirmando que había llegado, en efecto, a la India por el oeste.

Manuel I se apresuró a preparar una nueva expedición, esta vez capitaneada por el marino Vasco de Gama, para llegar, por fin, a la India navegando alrededor de África. Vasco de Gama partió de Lisboa en 1498 y llegó a la India meses depués. El marino tuvo el honor de culminar la ruta abierta por Bartolomé Días y, a su regreso, fue recibido como un auténtico héroe. Hoy sus restos descansan en Lisboa, en el Monasterio de los Jerónimos, donde son visitados por miles de turistas anualmente.

 Túmulo funerario de Vasco de Gama en el Monasterio de los Jerónimos (Lisboa). Reconstrucción del navegante portugués que alcanzó la India.

El rey exultante nombró a Francisco de Almeida primer virrey de la India portuguesa y, posteriormente, fue el gobernador Alfonso de Alburquerque quien impulsó la expansión territorial portuguesa en Asia. La ruta marítima a través del Atlántico y del Índico, cada vez mejor conocida, cada vez más segura, se convirtió en una auténtica autopista de navíos portugueses que traían a Europa productos como seda, papel, cerámica, cueros y especias ¡sobre todo especias! Lisboa se convirtió en una ciudad cosmopolita, la puerta de entrada a Europa de África y Asia.

Manuel I "el Afortunado" se convirtió en el monarca más rico del Viejo Continente gracias al comercio de especias. Con los impuestos recaudados por los portugueses en las colonias indias y africanas, ordenó construir el Monasterio de los Jerónimos, un soberbio edificio dedicado a la exaltación de las glorias lusas. La archiconocida Torre de Belém, en el estuario del Tajo, protegía el puerto de Lisboa y servía también para recaudar los impuestos que los marinos pagaban por desembarcar los exóticos productos que traían de Oriente. A Lisboa acudían también flamencos, ingleses y alemanes para comprar especias. La capital se convirtió en una ciudad abierta al mundo.

Tal era la riqueza del rey Manuel que acostumbraba enviar animales exóticos como presentes al Papa León X. En 1514, un enorme elefante blanco capturado en África fue embarcado rumbo a Roma aunque la nave naufragó en el Mediterráneo y el regalo se perdió. En otra ocasión desembarcó en Lisboa un rinoceronte que fue enviado a Manuel I como regalo del sultán de Cambaia (en la India). Manuel I mostraba a las embajadas extranjeras una fabulosa colección de animales rarísimos que mantenía en su palacio de Lisboa: elefantes, gacelas, jirafas, macacos y, por supuesto, el rinoceronte. La impresión que causó el rinoceronte en Portugal fue tan grande que incluso está representado en la Torre de Belém, en la entrada a Lisboa desde el mar. Tamaña gloria la que difrutaban los portugueses.

Hoy, el monumento a los descubrimientos, junto a la Torre de Belém y el Monasterio de los Jerónimos recuerdan las gestas de aquella época. También la obra de Luis de Camoes, enterrado frente a Vasco de Gama en los Jerónimos. La primera expansión ultramarina moderna, el primer imperio colonial, ambos fueron portugueses. También la Exposición Universal de 1998 se hizo en su honor. De hecho, el primer automóvil que cruzó el puente de Vasco de Gama lo hizo exactamente medio milenio después de que éste llegase a la India.

  1) Esfera armilar, símbolo de la navegación, en la bóveda de la Torre de Belem; 2) Mapa del Atlántico occidental con las islas conquistadas por los portugueses (Azores, Madeira y Cabo Verde); 3) Representación de una nao portuguesa; 4) Detalle de la cabeza de rinoceronte en piedra que puede verse en la Torre de Belem.

miércoles, 21 de agosto de 2019

¿DE ESPANHA, NEM BOM VENTO, NEM BOM CASAMENTO?

Hay un refrán portugués que dice "De Espanha, nem bom vento, nem bom casamento" y que algunos utilizan, no sin cierta ironía, para definir la relaciones históricas entre España y Portugal. Pero lo cierto es que la historia de Portugal no se entiende sin España. Igual que la de España queda incompleta si se obvia a Portugal. Esto no impide, empero, que ambas naciones hayan vivido siempre de espaldas una de la otra, como siameses que no pueden mirarse a los ojos.

El caso es que Portugal, como reino, nació en el siglo XII cuando Alfonso Enriquez, al que los portugueses conocen como Afonso "el Grande", se enfadó con su primo hermano Alfonso VII de Castilla y León y se proclamó rey. De hecho, los líos familiares debían de venir de antes pues la madre de Alfonso Enriquez, Teresa, había recibido de su padre el rey Alfonso VI de Castilla y León el Condado Portucalense para su administración mientras dejaba el reino a su otra hija, Urraca. Entre las hermanas, Urraca y Teresa hubo envidias y el marido de Teresa, Enrique de Borgoña, ya administró su condado como un territorio autónomo.

Poco tardó su hijo Alfonso Enriquez en liarse la manta a la cabeza y proclamarse rey de Portugal en 1139. Su primo hermano, Alfonso VII de Castilla intentó impedirlo pero su ejército no logró penetrar en Portugal. Al final, en la Concordia de Zamora, con la intermediación del Papa, Alfonso Enriquez fue reconocido rey por su pariente aunque a regañadientes, como podéis imaginar. Otro apodo de Alfonso Enriquez es "el Fundador" (de un reino nuevo, podríamos añadir).

 1) Imagen de Alfonso Enriquez, primer rey de Portugal, en las Calles de Lisboa; 2) Seo de Lisboa, construida en el siglo XII tras la conquista de la ciudad; 3) Escena de la reconquista de Lisboa a los musulmanes en 1147.

El tercer apodo de Alfonso I de Portugal es "el Conquistador" porque amplió el territorio del reino sobremanera. En 1147 conquistó a los musulmanes la ciudad de Lisboa, en el estuario del río Tajo, y alcanzó la mitad de lo que hoy es el moderno territorio portugués. La frontera entre Portugal y Al-Ándalus se situó en el río Tajo. A partir de entonces, los portugueses avanzaron imparables hacia el sur, hacia el Algarve hasta completar su Reconquista particular.

Durante toda la Edad Media, los castellanos intentaron una y otra vez incorporar el antiguo condado occidental a la Corona de Castilla. Y una y otra vez fracasaron en sus intentos. El último fue la mitificada Batalla de Aljubarrota en 1385. La huestes castellanas de Juan I de Castilla entraron en Portugal. El encuentro con los portugueses se produjo cerca de la localidad de Aljubarrota, al noreste de Lisboa. Las tropas lusas, dirigidas por su rey Juan I (también) y por su condestable Nuño Álvarez Pereira derrotaron a las catellanas y sellaron la independencia del reino (por si a algún castellano le quedaba duda).  Juan I de Portugal inauguró una nueva dinastía en el país: los Avis.

En contra de lo que pueda decir el proverbio del principio, los matrimonios entre castellanos y portugueses fueron frecuentes durante la Edad Media y la Moderna y a ambos países les convenían. A los castellanos les interesaba estrechar lazos con Portugal a ver si a lo tonto se producía la tan ansiada unión. A los portugueses les interesaba, por lo contrario, llevarse bien con los españoles para que no invadiesen su país.

 Arriba: Castillo de San Jorge, residencia de los monarcas portugueses durante la Edad Media; Abajo: Estatua ecuestre en Lisboa de Juan I de Portugal, vencedor de Aljubarrota.

Hay una ristra de matrimonios entre castellanos y portugueses. El impotente Enrique IV de Castilla casó con Juana de Portugal. La hija (?) de ambos, Juana "la Beltraneja" lo hizo con su tío Alfonso V, rey de Portugal. Este aprovechó el enlace para invadir Castilla y poner en aprietos a Isabel de Trastámara aunque la castellana acabó venciendo. El gran rey portugués Manuel I "el Afortunado" se casó nada menos que con dos hijas de los Reyes Católicos: Isabel (la primogénita) y María (la más joven); ¡y con una nieta: Leonor de Austria! Manuel I era, por entonces, el rey más rico de Europa y los castellanos, que estaban a dos velas, necesitaban cash.

No consiguió el portugués quebrar la voluntad de su suegra Isabel la Católica de que, una vez muerta en el parto su hija, su nieto Miguel de Paz quedase en Castilla para ser educado siguiendo las costumbres castellanas y no marchase a Portugal con su padre Manuel I, no le fueran a educar en portugués. Isabel apiraba a que aquel niño, Miguel, heredase todos los reinos peninsulares: Castilla, Aragón y Portugal. Murió pronto el dedichado bebé y su padre, Manuel, casó con otra infanta castellana, hija de los Reyes Católicos, María de Trastámara.

El emperador Carlos también se casó con una portuguesa, la bella hija de Manuel I y María, llamada Isabel (sí, Carlos e Isabel eran primos carnales). Fue una gran emperatriz y regente de Castilla en la habituales ausencias del emperador. Su muerte, joven, dejó a Carlos con una profunda tristeza que le llevó incluso a recluirse en un monasterio. 

Fruto de estas alianzas matrimoniales sucesivas, el rey Felipe II de España pudo reclamar sus derechos al trono portugués cuando el imberbe rey Sebastián desapareció guerreando a los moros en la Batalla de Alcazarquivir en 1578. Claro está, también ayudaron los tercios castellanos que penetraron en Portugal rápidamente venciendo una tímida resistencia. Al final, Felipe II fue proclamado rey de Portugal, con el nombre de Felipe I, en 1580 en las Cortes de Tomar. Felipe III y Felipe IV también fueron reyes de Portugal aunque al último, en medio de una tremenda verbena bélica en Europa, se le sublevaron los portugueses en 1640 y proclamaron su independencia. El nuevo rey sería Pedro de Braganza.

 Arriba: estuario del río Tajo con el puente del 25 de abril al fondo; Abajo: ruinas de la Iglesia do Carmo, en Lisboa, destruida por el terremoto de 1755.

Pero no nos engañemos, la incorporación de Portugal a la Monarquía Hispánica no supuso el inicio de la decadencia del imperio portugués como algunos dicen. De hecho, los marinos portugueses aprovecharon para comerciar con los territorios españoles en América mientras disfrutaban de la protección de la por entonces más poderosa armada mundial, la española. Sólo cuando el Conde-Duque de Olivares, valido de Felipe IV, quiso que los portugueses contribuyeran más a la hacienda de la Monarquía (igual que pidió a los catalanes, los aragones y los valencianos), los portugueses se rebelaron contra el dominio Castilla (igual que los catalanes).

"De Espanha, nem bom vento, nem bom casamento" dice el proverbio, pero los casamientos entre castellanos y portugueses continuaron durante siglos. Fernando VI de España se casó con la infanta portuguesa Bárbara de Braganza en 1729; y años después, la infanta española Carlota Joaquina de Borbón, hermanda del felón Fernando VII, se casó con el que luego sería rey de Portugal, Juan VI en 1785. Carlota Joaquina fue reina de Portugal y emperatriz del Brasil, ahí es nada. Como se ve, a los Borbones y a los Braganza, como antes a lo Avis y a los Trastámara o a lo Habsburgo, les interesaba estrechar los lazos entre ambas naciones y no tenían inconvenientes en emparentar unos con otros. Eran buenos casamientos.

Así que a juzgar por esta larga historia de encuentros y desencuentros, de amores y matrimonios, el refrán "De Espanha, nem bom vento, nem bom casamento" que da sentido a la entrada es mitad verdad y mitad mentira. Es cierto que el viento que llega a Portugal del interior de la Península, de España, es frío y seco, frente al que llega del Océano Atlántico que es más cálido y húmedo. Pero no es del todo verdad que los casamientos entre portugueses y españoles siempre llevaron problema a Portugal y siempre beneficiaron a España. Viendo lo visto, podríamos quedar empate, como buenos hermanos (o primos) ¿no os parece?

viernes, 9 de agosto de 2019

MI HISTORIA DE LA GUERRA

Pocas personas en este mundo viven una vida plena, completa. También pocas merecen con claridad el calificativo de buenas. Mi abuela tuvo la fortuna de ser una de ellas. Hace unos meses escribimos juntos el relato que aquí transcribo sobre cómo vivió ella la guerra civil. Hoy cobra más valor que nunca pues falleció ayer 8 de agosto.



Nací el 3 de febrero de 1929 en la casilla de camineros que había al lado de la Venta Nueva. La Venta Nueva se encuentra en la carretera que va a Valladolid, en el desvío a la Aldehuela de Calatañazor. Nací allí porque mi padre era peón caminero, se dedicaba a arreglar las carreteras, y mi madre, Felixa, era ama de casa. Fui la pequeña de cuatro hermanos de padre y madre, aunque si contamos a los hijos que tuvieron con anteriores matrimonios, éramos doce. Y siempre nos hemos llevado todos como auténticos hermanos.

Cuando comenzó la guerra tenía siete años cumplidos. Mi hermana Antonina tenía unos quince y mis otros dos hermanos, Juan y Severino, estaban en el medio. El resto no vivían ya con nosotros porque eran mucho más mayores…

No recuerdo bien si poco antes de comenzar la guerra o quizá unos meses después, murió mi padre. Aún era joven, el pobre. Yo estaba viviendo en ese momento con la tía Celedonia y el tío Pedro en Jubera, un pueblecito cerca de Medinaceli y Arcos de Jalón. La tía Celedonia era hermana de mi madre. Si mi madre era delgada y enjuta, mi tía era fuerte y robusta. El tío Pedro era también peón caminero, pero ellos vivían en Jubera. No tenían hijos y cuidaron de mí cuando era pequeña igual que antes había estado con ellos mi hermana Antonina. 

Por Jubera pasaban continuamente tropas que marchaban al frente, la mayoría eran requetés. Claro, tenían que hacer noche donde les pillaba y los del pueblo tenían que acogerlos y darles de comer. Eran todos muy agradables, muy jóvenes. Con algunos de ellos creo que incluso se mandaron cartas mis tíos hasta tiempo después. 

Un cuñado del tío Pedro era el jefe de los camineros, llamaba a los empleados “mis chicos” y se movía por toda la provincia para ver cómo arreglaban los caminos. Un día, cuando llegó a Jubera, vio que los militares habían sacado al tío Pedro de casa y se lo llevaban. Les preguntó que qué hacían con él y le contestaron los soldados que tenía un fusil en casa. “¡Anda, suéltenlo, que este tonto no sabe ni cargar el fusil! Nunca lo ha disparado y lo tiene en casa porque todos los camineros tienen un arma…” gritó su cuñado. Menos mal que le hicieron caso porque se lo llevaban probablemente para fusilarlo.

Yo no noté mucho la guerra porque era muy pequeña. De vez en cuando se escuchaban tiros a lo lejos. Jubera está cerca de Medinaceli y Arcos de Jalón y allí había muchos ferroviarios así que supongo que muchos fueron fusilados. Además, el frente estaba cerca.

Mi madre, con mis hermanos mayores, vivió el comienzo de la guerra en la casilla de la Venta Nueva. Se acababa de quedar viuda así que las cosas no fueron fáciles. Mis hermanos ayudaban en casa. La cosa se complicó cuando detuvieron a mi madre y la llevaron presa a la cárcel de El Burgo de Osma. El motivo eran que uno de sus hijos mayores no aparecía.

Mi hermano Feliciano era hijo del matrimonio anterior de mi madre y era mucho mayor que yo. Quiso meterse a cura y se fue al seminario de El Burgo pero lo echaron porque mi familia no podía pagar… ¡de dónde íbamos a sacar el dinero! El tiempo en el seminario le cambió por completo, no sé qué le pasaría allí. Cuando salió se fue a Sevilla a trabajar de camarero y después puso un restaurante. Parece ser que era republicano y cuando comenzó la guerra marchó al frente. No se sabe qué fue de él. Unas primas decían siempre que lo habían matado. Mis hermanos mayores, cuando aún vivía gente que podría haber sabido de él, tenían que haberlo buscado.

Cuando los nacionales fueron a buscarlo y no lo encontraron culparon a mi madre de esconderlo y por eso la metieron en prisión. Como en El Burgo tenemos familia, le ayudaron mucho. Durante el tiempo que estuvo presa, que fue poco, trabajó en las cocinas de la cárcel. Salió unas semanas después, cuando se dieron cuenta de que no sabía dónde estaba su hijo. Y murió sin saberlo.

Mientras tanto, mi hermana Antonina se hizo cargo de la casilla y de mis otros dos hermanos, Juan y Severino. Antonina lo pasó mal, ella sola allí... También se oían tiros a lo lejos desde la Venta Nueva, siempre lo contaba. Fusilaron a muchos en la carretera que va desde la Aldehuela de Calatañazor a Abejar. Por allí tiene que haber muchos enterrados en las cunetas. 

Después, mi hermano Juan encontró trabajo en Soria capital gracias a un amigo de la familia (creo que era pariente de mi padre). Entró a trabajar en la tienda de ultramarinos de Pedro Beltrán, yendo y viniendo a la estación de tren a coger mercancías. Después, él pudo meter a trabajar al otro hermano, Severino. Así que todos marchamos a vivir a Soria, yo también, después de estar viviendo con la tía Celedonia.

Primero vivimos en un piso en la Calle Numancia, pero rápido nos trasladamos a otro en la Calle Santa Polonia. Cerca de allí, detrás del Colegio de los Franciscanos y del Juzgado (Palacio de los Condes de Gómara) estaban construyendo un refugio antiaéreo por si acaso. Ya no está. En los últimos años de la guerra, o quizá después, empecé a ir al colegio de la Arboleda. Había un caminito de tierra para ir desde mi casa al colegio. ¡La de veces que me habré caído yo por ahí… bajaba corriendo! ¡Claro, era una niña…!

Tu abuelo sí que pasó hambre durante la guerra y siempre recordaba que tenían que comer lentejas agusanadas enviadas desde Argentina. Pero nosotros no tuvimos hambre nunca gracias a que mis hermanos trabajaban en la tienda de ultramarinos y llevaban a casa pan blanco, chocolate e incluso azúcar y aceite.

En Soria había una señora de Falange que nos ayudó mucho y que siempre le decía a mi madre “Felixa, tú si necesitas algo, dímelo”. Se llamaba María y su marido y su hijo, que eran guardias civiles, habían sido fusilados por los rojos en Arcos de Jalón. La pobre se quedó sin nadie. No me extraña que se hiciese de Falange.

Así pasamos la guerra. Yo no la noté… Mi madre siempre decía que la guerra de España sería la última. Que después no habría más guerras en el mundo. “¡Menos mal que después de la nuestra ya no hay más guerras!” decía a veces. Durante el resto de su vida, cuando salía Franco en la televisión, lo miraban fijamente y repetía “Ay, ¡Franco y su madre!”. No decía más… sólo eso. Era difícil para ella recordar lo que había pasado, no tanto la cárcel, sino la desaparición de un hijo.




Visitación Rubio


9 de enero de 2019

 

miércoles, 7 de agosto de 2019

PEÑÍSCOLA, DE SARRACENOS Y ACTORES

 Arriba: 1) fachada de la ermita de la Virgen de la Ermitana; 2) muros de la fortaleza; 3) acceso al interior de las fortificaciones de Felipe II. Abajo: vista de Peñíscola.

Con la muerte de Benedicto XIII, el irreductible Papa Luna, en 1423 y la renuncia de su sucesor, Clemente VIII en 1429 terminó la página más singular de la historia de Peñíscola. El castillo, que otrora había sido Sede Pontificia, volvió a manos de la Monarquía aragonesa. 

Ahora quien ostentaba la Corona aragonesa eran los soberanos de la dinastía de los Trastámara, que se hicieron con el poder en Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca en el Compromiso de Caspe de 1412, aun en vida el Papa Luna. De hecho, Benedicto XIII apoyó la candidatura al trono de Fernando de Antequera, el castellano que aseguraba la cooperación entre las Coronas de Castilla y Aragón. 

La Corona mantuvo y reforzó el castillo de Peñíscola durante los siglos siguientes. Debemos tener presente siempre la importancia estratégica del enclave tanto para proteger las comunicaciones entre el Principado de Cataluña al norte y el Reino de Valencia al sur, como entre la costa y el interior de la Península. En la mejora de las fortificaciones tuvo un papel destacado Felipe II de Habsburgo en la segunda mitad del siglo XVI.

Y es que, desde comienzos del siglo XVI se habían hecho frecuentes los ataques de piratas berberiscos a las costas del Levante y el sur de la Península. Los sarracenos procedían de los protectorados otomanos del norte de África (Argel, Túnez) y realizaban frecuentes y violentas razzias contra las costas de los reinos hispanos. Buscaban atemorizar a la población cristiana y alentar la sublevación de las comunidades moriscas que vivían en el reino de Valencia y en el antiguo reino nazarí de Granada. 

Ya en tiempos del emperador Carlos, la emperatriz Isabel de Portugal había apremiado a su esposo a poner solución al problema. Las expediciones contra Túnez y Argel tuvieron ese objetivo. Su hijo, el rey Felipe II ordenó reforzar las fortificaciones de algunas plazas estratégicas entre las que destacan Ibiza y Peñíscola. Hacia 1571, el rey prudente estuvo en Peñíscola supervisando la construcción de nuevas murallas que protegieran la ciudad de los ataques sarracenos. La presencia de los escudos de la Corona en lo alto de los baluartes y la famosa rampa de Felipe II, la entrada principal a la ciudad de Peñíscola son testimonios visibles de aquel proyecto.

Andando en el tiempo llegamos a la Guerra de Sucesión española (1701 - 1713), durante la que Peñíscola apoyó la causa austracista como el resto de la Corona de Aragón. A pesar del apoyo dado al archiduque don Carlos de Habsburgo que a la postre resultaría derrotado en la Península, el nuevo rey Felipe V de Borbón tuvo especial deferencia con la localidad, a la que otorgó el título de ciudad y financió la construcción de una ermita a los pies del centenario castillo templario.

 1) Imagen de San Antonio; 2) escudo de Peñíscola en el puerto; 3) Inscripción sobre la construcción de las murallas por Felipe II; 4) interior de la ermita de la Virgen de la Ermitana.

La ermita de la Virgen de la Ermitana, de estilo neoclásico, recuerda en su fachada a una fortaleza y muestra bien visibles los escudos de armas de los nobles que ayudaron a financiar su construcción. El interior es de una simpleza absoluta, destacando una pequeña cúpula que se alza en el centro del templo. Los muros blancos y sin apenas ornamentos, tan sólo algunas esculturas exentas e imágenes procesionables, nos trasmiten la sincera y austera devoción de los peñiscolanos por la Ermitana.

Otro episodio de la historia de Peñíscola lo marca la Guerra de Independencia española (1808 - 1814). De nuevo, aprovechando su importante emplazamiento, las tropas francesas tomaron el castillo y dejaron un destacamento para defenderlo en caso de ataque enemigo. Durante la contienda, una de las dos torres de la fortaleza fue usada por los franceses como polvorín y acabó saltando por los aires cuando los españoles se disponían a recuperar la plaza. Aunque el castillo está restaurado aún son visibles las cicatrices de la guerra y puede contemplarse el vacío dejado por la torre destruida.

Peñíscola adquirió de nuevo renombre siglo y medio después cuando, en 1960, se convirtió en una de las localizaciones del rodaje de la película estadounidense "El Cid" protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren. A pesar de que Sofía Loren nunca pisó Peñíscola, la película sirvió para atraer a miles de turistas que a partir de entonces acudieron allí para disfrutar de las playas, el sol y la exquisita gastronomía. Desde entonces, Peñíscola ha visto pasar por sus calles y sus playas multitud de actores pues aprovechando los vestigios de su historia se han rodado capítulos de series nacionales como "El Ministerio del Tiempo" e internacionales, como "Juego de Tronos".

Desde finales de los años 60, la fisionomía de Peñíscola cambió por completo. Centenares de hoteles fueron construidos en la larga playa norte que conecta con las playas de Vinaroz y Benicarló. El antiguo pueblo de pescadores y marinos se convirtió, como ya dijimos, en un centro turístico en el que los retales de la historia que aquí hemos contado son sólo una pequeña parte de su atractivo. 

El turista de hoy, en su viaje frenético, sólo parece buscar fotos y posados. O quizá, si tiene suerte, se detenga a tomar el sol en la playa o a degustar unos pescaditos fritos. Los secretos de los templarios, Benedicto XIII, las murallas de Felipe II o la ermita de la Virgen de la Ermitana pueden quedar a un lado. Estos no salen en una foto.

Arriba: fortificaciones de tiempos de Felipe II; Abajo: 1) imagen de la Virgen de la Ermitana; 2) entrada edificada en tiempo del Papa Luna.

 

martes, 6 de agosto de 2019

EL IRREDUCTIBLE BENEDICTO XIII

 Vistas de la ciudad de Peñíscola en la actualidad

Si hay un nombre propio en la historia de Peñíscola es el de Pedro Martínez de Luna, también conocido como Benedicto XIII. En el imaginario popular su figura ha quedado sellada con el nombre de Papa Luna. Peñíscola no se entiende sin él. Se encuentra en la castillo templario, en las calles, en sus monumentos. Incluso hay hoteles y restaurantes con su nombre. Preñíscola fue la ciudad que le dio cobijo hasta su muerte.

Para entender su historia es preciso retroceder hasta la segunda mitad del siglo XIV, una época de grave crisis en la Iglesia Católica donde la moral se debilitaba con fuerza y la autoridad papal atravesaba momentos críticos frente al poder de las monarquías europeas. La supuesta autoridad universal del Papa sobre cualquier cristiano, incluidos monarcas, no se sostenía y el recurso a la excomunión había perdido su efecto por usarse con tanta frecuencia.

En 1309, el rey Felipe IV de Francia obligó al papa Bonifacio VIII a trasladar la sede pontificia desde Roma a Aviñón. Aquí estuvo hasta 1377 bajo la "protección" y vigilancia de la Monarquía francesa. Esta debilidad política del Papado se sumaba a la corrupción moral de cardenales y obispos. El nepotismo era habitual. Los sucesivos pontífices se habituaron a colocar a sus hijos biológicos (!) y demás parentela en los puestos clave de la Iglesia lo que fomentaba la formación de redes clientelares. 

Por otro lado, la riqueza de la Iglesia alarmaba a no pocos. Los franciscanos, por ejemplo,  defendían que la pobreza de Cristo debía ser ejemplo para la Iglesia. Nadie les hizo caso. Y por si fuera poco, entre los cardernales surgió una corriente que defendía la supremacía de los Concilios sobre la autoridad del Papa. En otras palabras, el Conciliarismo apostaba por reducir el poder del pontífice beneficiando a las reuniones de obispos y cardenales.

En medio de todo este berenjenal, el papa Gregorio XI regresó de Aviñón a Roma en 1377 ante la amenaza que suponía la desprotección de los Estados Papales. Cuando falleció estalló un conflicto entre los cardenales franceses e italianos puesto que ambos querían un compatriotra suyo en la Silla de San Pedro. Aquí la historia se enturbia volviéndose tan confusa que es difícil entenderla.

En abril de 1378, los cardenales italianos eligieron a Urbano VI como Papa. En septiembre de ese mismo año, los franceses eligieron a Clemente VII, con sede en Aviñón. La Iglesia Occidental se había dividido: las órdenes religiosas dividieron su obediencia y los reinos hicieron lo mismo: Francia, Castilla y Escocia fueron aviñonistas mientras que Inglaterra, Polonia, Hungría y Flandes se mantuvieron fieles al Papa de Roma. Portugal cambió varias veces de obediencia y lo mimo sucedió con Aragón.

El caso es que se planteaban varias vías de solución al conflicto. La primera era que ambos papas renunciasen y se eligiese a uno nuevo y único. La segunda alternativa era conseguir la renuncia de uno de los papas y la obediencia plena al otro. Hay que tener en cuenta que ese conflicto se enmarca en un contexto internacional de crisis y una guerra general europea entre Francia e Inglaterra, la Guerra de los Cien Años.

En 1394 murió el Papa de Aviñón y se reunió un nuevo conclave que eligió al cardenal Pedro Martínez de Luna. Por entonces, el aragonés era ya una figura relevante en la Iglesia Católica. Hombre culto, formado en el arte de la guerra y en leyes, había participado en los vaivenes de la Iglesia desde el inicio del cisma. Tomó el nombre de Benedicto XIII. Tras su elección, Francia cambió su obediencia al Papa de Roma y Benedicto XIII se trasladó a Aragón con la protección de la Monarquía Aragonesa.

 i) Escultura en bronce del Papa Luna, obra de Sergio Blanco; ii) escritorio del Papa Luna; iii) escalera al mar construida por el Papa Luna en sólo una noche; iv) vistas de la playa norte desde el Castillo.

Benedicto XIII convirtió el viejo castillo templario de Peñíscola en sede papal reorganizando sus estancias y fortaleciendo sus defensas. La leyenda cuenta que en sólo una noche, obró el milagro de construir unas escaleras que descienden hasta el mar desde la fortaleza. A pesar de los intentos de deponer al Papa de Peñíscola, Benedicto XIII se negó una y otra vez a abdicar. Hubo incluso intentos de asesinarlo envenenándolo aunque sus conocimientos de alquimia y botánica le salvaron la vida.

En 1407, el Papa de Roma Gregorio XII se comprometió a abdicar si el Papa Luna hacía lo mismo, pero Pedro de Luna se mantuvo en sus trece. De hecho, esa expresión - "mantenerse en sus trece" - deriva de la actitud de Benedicto XIII. La posición irreductible del pontífice peñíscolano se convirtió en mito, reafirmando siempre la legitimidad del cónclave que lo había elegido como sucesor de San Pedro. Para Roma, sin embargo, fue siempre un traidor, un antipapa.

En 1409 se convocó un concilio ecuménico en Pisa donde se declaró a los dos papas "cismáticos notorios y causantes de división". Como ambos, Gregorio XII y Benedicto XIII se negaron a comparecer, se les depuso y se procedió a la elección de un nuevo Papa, Alejandro V. Como éramos pocos... A Alejandro V le sucedió el primer Juan XXIII (el primero) que intentó convocar otro concilio con poco éxito. Los Estados italianos seguían apoyando a Gregorio XII con sede en Roma y lo reinos de la Península Ibérica apoyaban al Papa Luna, refugiado en Peñíscola.

Finalmente, en el Concilio de Constanza de 1414 se puso fin al cisma. Juan XXIII y Gregorio XII abdicaron y Benedicto XIII fue depuesto en 1417. Se eligió único papa a Martín V. Pero el Papa Luna siguió refugiado en Peñíscola el resto de su vida, proclamándose legítimo papa de la Iglesia Católica. Sólo con su muerte, en 1423, se pudo dar por concluido el conflicto cismático. En el castillo de Peñíscola, sin embargo, se reunió un cónclave de obispos procedentes de la Península Ibérica, para elegir un nuevo papa: Clemente VIII. El nuevo papa de Peñíscola acabaría abdicando, empero, en 1429.

 Vistas de Peñíscola

sábado, 27 de julio de 2019

EL CASTILLO TEMPLARIO DE PEÑÍSCOLA

 Arriba: esquema de Peñíscola en la Edad Media. Abajo: 1) salida de agua dulce del interior de la peña; 2) detalle de una fuente en el casco antiguo.

Peñíscola es hoy uno de los principales centros turísticos de la costa de Castellón, destino de miles de veraneantes procedentes de toda España y de algunos países de Europa que buscan sol y playa cada año. Hay una Peñíscola resultado de la fiebre del turismo que, desde los años 60, ha creado un amasijo de hoteles y apartamentos que se estira como un muelle por la larga playa norte. 

Otra Peñíscola, antigua, original, se encarama al peñasco para acariciar los pies de los muros del castillo templario. En esta, las casitas blancas parece que se apiñan como en un mendrugo de pan, intentando huir del mar y de los hoteles modernos del otro lado.

En pocos lugares, sin embargo, puede seguirse el rastro del tiempo como en Peñíscola. La ciudad ha sido testigo y escenario de algunos de los acontecimientos históricos principales de la historia de España, desde la invasión árabe del siglo VIII hasta el boom del turismo de los años 60 y 70.

El emplazamiento de la localidad es estratégico, como cualquiera puede suponer si se fija un poco. Un peña rocosa en el mar Mediterráneo unida a la costa tan solo por un estrecho pasillo de arena. En los días de temporal, antiguamente, las aguas del Mediterráneo rompían el cordón de arena que unía la peña a tierra firme, convirtiendo la península en una isla inexpugnable. Es fácil entender por qué ya los musulmanes construyeron una pequeña alcazaba en el lugar allá por el siglo VIII tras la invasión de la península y por qué se han encontrado incluso armas de origen romano en la zona.

La plaza fue conquistada por Jaime I de Aragón en 1233. La rendición de Peñíscola fue rápida porque previamente habia sido arrebatada a los musulmantes la ciudad de Burriana, situada más al sur. La caída de Burriana en manos cristianas dejó aisladas a las guarniciones musulmanas situadas en la costa al norte, entre ellas Peñíscola, que se rindieron de inmediato. La huida de la población árabe despobló el lugar a pesar de que Jaime I respetó las tradiciones musulmanas. 

El territorio de lo que hoy es el Bajo Maestrazgo fue dividido en encomiendas, siendo una de ellas, con centro en Peñíscola, entregada a la poderosa Orden del Temple. Los templarios construyeron varias fortalezas en la zona para defenderla de posibles ataques musulmanes, tanto por tierra como desde el mar. La principal de ellas fue el castillo de Peñíscola erigido sobre los restos de la alcazaba árabe. A la posición estrategica del sitio se sumaba la existencia de un acuífero  en su interior. El agua dulce brotaba en manantiales por toda la peña, lo que garantizaba la supervivencia de sus defensores en caso de ser sitiados.

Dicen que la fortaleza fue construída en solo catorce años. Muchos se asombran de ña rapidez de los monjes guerreros del temple para levantar semejante edificación. Eran, sin duda, expertos constructores que diseñaban sus castillos como en serie, uno detrás de otro, siguiendo en todos ellos los mismos patrones. Monzón, Miravet o Jerez de los Caballeros son localidades en España cuyos castillos, de origen templario, son similares al de Peñíscola. En este, el entramado defensivo se completó con la edificación de otras fortalezas de pequeño tamaño como el castillo de Alcalá de Xivert, situado unos kilómetros al sur.

 Detalles de la fortaleza templaria de Peñíscola

Cuando los templarios llegaron a Peñíscola corría el año 1294 y en Francia esta surgiendo un nuevo estilo arquitectónico: el gótico. Sin embargo, la fortaleza sigue las trazas románicas. Gruesos muros de sillería con pocas ventanas, contrafuertes imponentes y arcos de medio punto. Las bóvedas de cañón de las salas comienzas a apuntarse, lo que indica la llegada de los nuevos flujos arquitectónicos de Europa. 

La Orden del Temple, que tras la pérdida de San Juan de Acre en Tierra Santa decidió trasladar su lucha a la Península Ibérica levantó enseguida recelos por Europa Occidental, sobre todo en Francia, donde Felipe IV "El Hermoso" vio con desconfianza el enorme poder de estos monjes guerreros. En 1307, se incautan todos los bienes de la Orden en territorio francés y en 1312, el Papa Clemente V promulgó la Bula Vox Clementis por la que abolía la orden. Muchos templarios fueron condenados a la hoguera en Francia.

El Castillo de Peñíscola quedó entonces en manos de otra Orden religiosa de orígenes aragoneses: la Orden de Ordesa que asumió la defensa de la zona mientras la Reconquista avanzaba imparable hacia el sur de la Península.

 Detalles de la fortaleza templaria de Peñíscola