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miércoles, 7 de agosto de 2019

PEÑÍSCOLA, DE SARRACENOS Y ACTORES

 Arriba: 1) fachada de la ermita de la Virgen de la Ermitana; 2) muros de la fortaleza; 3) acceso al interior de las fortificaciones de Felipe II. Abajo: vista de Peñíscola.

Con la muerte de Benedicto XIII, el irreductible Papa Luna, en 1423 y la renuncia de su sucesor, Clemente VIII en 1429 terminó la página más singular de la historia de Peñíscola. El castillo, que otrora había sido Sede Pontificia, volvió a manos de la Monarquía aragonesa. 

Ahora quien ostentaba la Corona aragonesa eran los soberanos de la dinastía de los Trastámara, que se hicieron con el poder en Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca en el Compromiso de Caspe de 1412, aun en vida el Papa Luna. De hecho, Benedicto XIII apoyó la candidatura al trono de Fernando de Antequera, el castellano que aseguraba la cooperación entre las Coronas de Castilla y Aragón. 

La Corona mantuvo y reforzó el castillo de Peñíscola durante los siglos siguientes. Debemos tener presente siempre la importancia estratégica del enclave tanto para proteger las comunicaciones entre el Principado de Cataluña al norte y el Reino de Valencia al sur, como entre la costa y el interior de la Península. En la mejora de las fortificaciones tuvo un papel destacado Felipe II de Habsburgo en la segunda mitad del siglo XVI.

Y es que, desde comienzos del siglo XVI se habían hecho frecuentes los ataques de piratas berberiscos a las costas del Levante y el sur de la Península. Los sarracenos procedían de los protectorados otomanos del norte de África (Argel, Túnez) y realizaban frecuentes y violentas razzias contra las costas de los reinos hispanos. Buscaban atemorizar a la población cristiana y alentar la sublevación de las comunidades moriscas que vivían en el reino de Valencia y en el antiguo reino nazarí de Granada. 

Ya en tiempos del emperador Carlos, la emperatriz Isabel de Portugal había apremiado a su esposo a poner solución al problema. Las expediciones contra Túnez y Argel tuvieron ese objetivo. Su hijo, el rey Felipe II ordenó reforzar las fortificaciones de algunas plazas estratégicas entre las que destacan Ibiza y Peñíscola. Hacia 1571, el rey prudente estuvo en Peñíscola supervisando la construcción de nuevas murallas que protegieran la ciudad de los ataques sarracenos. La presencia de los escudos de la Corona en lo alto de los baluartes y la famosa rampa de Felipe II, la entrada principal a la ciudad de Peñíscola son testimonios visibles de aquel proyecto.

Andando en el tiempo llegamos a la Guerra de Sucesión española (1701 - 1713), durante la que Peñíscola apoyó la causa austracista como el resto de la Corona de Aragón. A pesar del apoyo dado al archiduque don Carlos de Habsburgo que a la postre resultaría derrotado en la Península, el nuevo rey Felipe V de Borbón tuvo especial deferencia con la localidad, a la que otorgó el título de ciudad y financió la construcción de una ermita a los pies del centenario castillo templario.

 1) Imagen de San Antonio; 2) escudo de Peñíscola en el puerto; 3) Inscripción sobre la construcción de las murallas por Felipe II; 4) interior de la ermita de la Virgen de la Ermitana.

La ermita de la Virgen de la Ermitana, de estilo neoclásico, recuerda en su fachada a una fortaleza y muestra bien visibles los escudos de armas de los nobles que ayudaron a financiar su construcción. El interior es de una simpleza absoluta, destacando una pequeña cúpula que se alza en el centro del templo. Los muros blancos y sin apenas ornamentos, tan sólo algunas esculturas exentas e imágenes procesionables, nos trasmiten la sincera y austera devoción de los peñiscolanos por la Ermitana.

Otro episodio de la historia de Peñíscola lo marca la Guerra de Independencia española (1808 - 1814). De nuevo, aprovechando su importante emplazamiento, las tropas francesas tomaron el castillo y dejaron un destacamento para defenderlo en caso de ataque enemigo. Durante la contienda, una de las dos torres de la fortaleza fue usada por los franceses como polvorín y acabó saltando por los aires cuando los españoles se disponían a recuperar la plaza. Aunque el castillo está restaurado aún son visibles las cicatrices de la guerra y puede contemplarse el vacío dejado por la torre destruida.

Peñíscola adquirió de nuevo renombre siglo y medio después cuando, en 1960, se convirtió en una de las localizaciones del rodaje de la película estadounidense "El Cid" protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren. A pesar de que Sofía Loren nunca pisó Peñíscola, la película sirvió para atraer a miles de turistas que a partir de entonces acudieron allí para disfrutar de las playas, el sol y la exquisita gastronomía. Desde entonces, Peñíscola ha visto pasar por sus calles y sus playas multitud de actores pues aprovechando los vestigios de su historia se han rodado capítulos de series nacionales como "El Ministerio del Tiempo" e internacionales, como "Juego de Tronos".

Desde finales de los años 60, la fisionomía de Peñíscola cambió por completo. Centenares de hoteles fueron construidos en la larga playa norte que conecta con las playas de Vinaroz y Benicarló. El antiguo pueblo de pescadores y marinos se convirtió, como ya dijimos, en un centro turístico en el que los retales de la historia que aquí hemos contado son sólo una pequeña parte de su atractivo. 

El turista de hoy, en su viaje frenético, sólo parece buscar fotos y posados. O quizá, si tiene suerte, se detenga a tomar el sol en la playa o a degustar unos pescaditos fritos. Los secretos de los templarios, Benedicto XIII, las murallas de Felipe II o la ermita de la Virgen de la Ermitana pueden quedar a un lado. Estos no salen en una foto.

Arriba: fortificaciones de tiempos de Felipe II; Abajo: 1) imagen de la Virgen de la Ermitana; 2) entrada edificada en tiempo del Papa Luna.

 

martes, 6 de agosto de 2019

EL IRREDUCTIBLE BENEDICTO XIII

 Vistas de la ciudad de Peñíscola en la actualidad

Si hay un nombre propio en la historia de Peñíscola es el de Pedro Martínez de Luna, también conocido como Benedicto XIII. En el imaginario popular su figura ha quedado sellada con el nombre de Papa Luna. Peñíscola no se entiende sin él. Se encuentra en la castillo templario, en las calles, en sus monumentos. Incluso hay hoteles y restaurantes con su nombre. Preñíscola fue la ciudad que le dio cobijo hasta su muerte.

Para entender su historia es preciso retroceder hasta la segunda mitad del siglo XIV, una época de grave crisis en la Iglesia Católica donde la moral se debilitaba con fuerza y la autoridad papal atravesaba momentos críticos frente al poder de las monarquías europeas. La supuesta autoridad universal del Papa sobre cualquier cristiano, incluidos monarcas, no se sostenía y el recurso a la excomunión había perdido su efecto por usarse con tanta frecuencia.

En 1309, el rey Felipe IV de Francia obligó al papa Bonifacio VIII a trasladar la sede pontificia desde Roma a Aviñón. Aquí estuvo hasta 1377 bajo la "protección" y vigilancia de la Monarquía francesa. Esta debilidad política del Papado se sumaba a la corrupción moral de cardenales y obispos. El nepotismo era habitual. Los sucesivos pontífices se habituaron a colocar a sus hijos biológicos (!) y demás parentela en los puestos clave de la Iglesia lo que fomentaba la formación de redes clientelares. 

Por otro lado, la riqueza de la Iglesia alarmaba a no pocos. Los franciscanos, por ejemplo,  defendían que la pobreza de Cristo debía ser ejemplo para la Iglesia. Nadie les hizo caso. Y por si fuera poco, entre los cardernales surgió una corriente que defendía la supremacía de los Concilios sobre la autoridad del Papa. En otras palabras, el Conciliarismo apostaba por reducir el poder del pontífice beneficiando a las reuniones de obispos y cardenales.

En medio de todo este berenjenal, el papa Gregorio XI regresó de Aviñón a Roma en 1377 ante la amenaza que suponía la desprotección de los Estados Papales. Cuando falleció estalló un conflicto entre los cardenales franceses e italianos puesto que ambos querían un compatriotra suyo en la Silla de San Pedro. Aquí la historia se enturbia volviéndose tan confusa que es difícil entenderla.

En abril de 1378, los cardenales italianos eligieron a Urbano VI como Papa. En septiembre de ese mismo año, los franceses eligieron a Clemente VII, con sede en Aviñón. La Iglesia Occidental se había dividido: las órdenes religiosas dividieron su obediencia y los reinos hicieron lo mismo: Francia, Castilla y Escocia fueron aviñonistas mientras que Inglaterra, Polonia, Hungría y Flandes se mantuvieron fieles al Papa de Roma. Portugal cambió varias veces de obediencia y lo mimo sucedió con Aragón.

El caso es que se planteaban varias vías de solución al conflicto. La primera era que ambos papas renunciasen y se eligiese a uno nuevo y único. La segunda alternativa era conseguir la renuncia de uno de los papas y la obediencia plena al otro. Hay que tener en cuenta que ese conflicto se enmarca en un contexto internacional de crisis y una guerra general europea entre Francia e Inglaterra, la Guerra de los Cien Años.

En 1394 murió el Papa de Aviñón y se reunió un nuevo conclave que eligió al cardenal Pedro Martínez de Luna. Por entonces, el aragonés era ya una figura relevante en la Iglesia Católica. Hombre culto, formado en el arte de la guerra y en leyes, había participado en los vaivenes de la Iglesia desde el inicio del cisma. Tomó el nombre de Benedicto XIII. Tras su elección, Francia cambió su obediencia al Papa de Roma y Benedicto XIII se trasladó a Aragón con la protección de la Monarquía Aragonesa.

 i) Escultura en bronce del Papa Luna, obra de Sergio Blanco; ii) escritorio del Papa Luna; iii) escalera al mar construida por el Papa Luna en sólo una noche; iv) vistas de la playa norte desde el Castillo.

Benedicto XIII convirtió el viejo castillo templario de Peñíscola en sede papal reorganizando sus estancias y fortaleciendo sus defensas. La leyenda cuenta que en sólo una noche, obró el milagro de construir unas escaleras que descienden hasta el mar desde la fortaleza. A pesar de los intentos de deponer al Papa de Peñíscola, Benedicto XIII se negó una y otra vez a abdicar. Hubo incluso intentos de asesinarlo envenenándolo aunque sus conocimientos de alquimia y botánica le salvaron la vida.

En 1407, el Papa de Roma Gregorio XII se comprometió a abdicar si el Papa Luna hacía lo mismo, pero Pedro de Luna se mantuvo en sus trece. De hecho, esa expresión - "mantenerse en sus trece" - deriva de la actitud de Benedicto XIII. La posición irreductible del pontífice peñíscolano se convirtió en mito, reafirmando siempre la legitimidad del cónclave que lo había elegido como sucesor de San Pedro. Para Roma, sin embargo, fue siempre un traidor, un antipapa.

En 1409 se convocó un concilio ecuménico en Pisa donde se declaró a los dos papas "cismáticos notorios y causantes de división". Como ambos, Gregorio XII y Benedicto XIII se negaron a comparecer, se les depuso y se procedió a la elección de un nuevo Papa, Alejandro V. Como éramos pocos... A Alejandro V le sucedió el primer Juan XXIII (el primero) que intentó convocar otro concilio con poco éxito. Los Estados italianos seguían apoyando a Gregorio XII con sede en Roma y lo reinos de la Península Ibérica apoyaban al Papa Luna, refugiado en Peñíscola.

Finalmente, en el Concilio de Constanza de 1414 se puso fin al cisma. Juan XXIII y Gregorio XII abdicaron y Benedicto XIII fue depuesto en 1417. Se eligió único papa a Martín V. Pero el Papa Luna siguió refugiado en Peñíscola el resto de su vida, proclamándose legítimo papa de la Iglesia Católica. Sólo con su muerte, en 1423, se pudo dar por concluido el conflicto cismático. En el castillo de Peñíscola, sin embargo, se reunió un cónclave de obispos procedentes de la Península Ibérica, para elegir un nuevo papa: Clemente VIII. El nuevo papa de Peñíscola acabaría abdicando, empero, en 1429.

 Vistas de Peñíscola

sábado, 27 de julio de 2019

EL CASTILLO TEMPLARIO DE PEÑÍSCOLA

 Arriba: esquema de Peñíscola en la Edad Media. Abajo: 1) salida de agua dulce del interior de la peña; 2) detalle de una fuente en el casco antiguo.

Peñíscola es hoy uno de los principales centros turísticos de la costa de Castellón, destino de miles de veraneantes procedentes de toda España y de algunos países de Europa que buscan sol y playa cada año. Hay una Peñíscola resultado de la fiebre del turismo que, desde los años 60, ha creado un amasijo de hoteles y apartamentos que se estira como un muelle por la larga playa norte. 

Otra Peñíscola, antigua, original, se encarama al peñasco para acariciar los pies de los muros del castillo templario. En esta, las casitas blancas parece que se apiñan como en un mendrugo de pan, intentando huir del mar y de los hoteles modernos del otro lado.

En pocos lugares, sin embargo, puede seguirse el rastro del tiempo como en Peñíscola. La ciudad ha sido testigo y escenario de algunos de los acontecimientos históricos principales de la historia de España, desde la invasión árabe del siglo VIII hasta el boom del turismo de los años 60 y 70.

El emplazamiento de la localidad es estratégico, como cualquiera puede suponer si se fija un poco. Un peña rocosa en el mar Mediterráneo unida a la costa tan solo por un estrecho pasillo de arena. En los días de temporal, antiguamente, las aguas del Mediterráneo rompían el cordón de arena que unía la peña a tierra firme, convirtiendo la península en una isla inexpugnable. Es fácil entender por qué ya los musulmanes construyeron una pequeña alcazaba en el lugar allá por el siglo VIII tras la invasión de la península y por qué se han encontrado incluso armas de origen romano en la zona.

La plaza fue conquistada por Jaime I de Aragón en 1233. La rendición de Peñíscola fue rápida porque previamente habia sido arrebatada a los musulmantes la ciudad de Burriana, situada más al sur. La caída de Burriana en manos cristianas dejó aisladas a las guarniciones musulmanas situadas en la costa al norte, entre ellas Peñíscola, que se rindieron de inmediato. La huida de la población árabe despobló el lugar a pesar de que Jaime I respetó las tradiciones musulmanas. 

El territorio de lo que hoy es el Bajo Maestrazgo fue dividido en encomiendas, siendo una de ellas, con centro en Peñíscola, entregada a la poderosa Orden del Temple. Los templarios construyeron varias fortalezas en la zona para defenderla de posibles ataques musulmanes, tanto por tierra como desde el mar. La principal de ellas fue el castillo de Peñíscola erigido sobre los restos de la alcazaba árabe. A la posición estrategica del sitio se sumaba la existencia de un acuífero  en su interior. El agua dulce brotaba en manantiales por toda la peña, lo que garantizaba la supervivencia de sus defensores en caso de ser sitiados.

Dicen que la fortaleza fue construída en solo catorce años. Muchos se asombran de ña rapidez de los monjes guerreros del temple para levantar semejante edificación. Eran, sin duda, expertos constructores que diseñaban sus castillos como en serie, uno detrás de otro, siguiendo en todos ellos los mismos patrones. Monzón, Miravet o Jerez de los Caballeros son localidades en España cuyos castillos, de origen templario, son similares al de Peñíscola. En este, el entramado defensivo se completó con la edificación de otras fortalezas de pequeño tamaño como el castillo de Alcalá de Xivert, situado unos kilómetros al sur.

 Detalles de la fortaleza templaria de Peñíscola

Cuando los templarios llegaron a Peñíscola corría el año 1294 y en Francia esta surgiendo un nuevo estilo arquitectónico: el gótico. Sin embargo, la fortaleza sigue las trazas románicas. Gruesos muros de sillería con pocas ventanas, contrafuertes imponentes y arcos de medio punto. Las bóvedas de cañón de las salas comienzas a apuntarse, lo que indica la llegada de los nuevos flujos arquitectónicos de Europa. 

La Orden del Temple, que tras la pérdida de San Juan de Acre en Tierra Santa decidió trasladar su lucha a la Península Ibérica levantó enseguida recelos por Europa Occidental, sobre todo en Francia, donde Felipe IV "El Hermoso" vio con desconfianza el enorme poder de estos monjes guerreros. En 1307, se incautan todos los bienes de la Orden en territorio francés y en 1312, el Papa Clemente V promulgó la Bula Vox Clementis por la que abolía la orden. Muchos templarios fueron condenados a la hoguera en Francia.

El Castillo de Peñíscola quedó entonces en manos de otra Orden religiosa de orígenes aragoneses: la Orden de Ordesa que asumió la defensa de la zona mientras la Reconquista avanzaba imparable hacia el sur de la Península.

 Detalles de la fortaleza templaria de Peñíscola

lunes, 29 de abril de 2019

HUERTA, EL MONASTERIO CISTERCIENSE


 Izq.: 1) nervios de la bóveda de la iglesia; 2) Detalle del interior del monasterio; 3) maqueta del monasterio. Der.: Fachada de la iglesia del monasterio con el rosetón y la portada.


Otro de los lugares repletos de Historia cerca de Medinaceli es el monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, escondido en los recovecos del valle del Jalón. Se trata de esos lugares remotos, inhóspitos, situados a medio camino de todos lados y cerca de ninguno. Se encuentra en la provincia de Soria, pero junto al límite con Aragón y cerca también de la provincia de Guadalajara. Desde Soria se tarda una hora en llegar.

El monasterio cistercienses es también un lugar que uno no espera encontrar ahí, en un pueblo, Santa María de Huerta, de apenas dosciento sesenta habitantes. Fue fundado por los monjes de la orden del Císter en el año 1162, poco después de la reconquista y la repoblación cristiana del lugar. 

Recordemos que Zaragoza fue conquistada por Alfonso I "el Batallador" en 1118 y un año después se ha establecido (más o menos oficialmente) la fecha de la reconquista de la ciudad de Soria. Se sabe que Medinaceli, como dije en la entrada anterior, fue reconquitada por el mismo monarca en el 1123 así que calculen ustedes. Cuarenta año después, ya estaba la Orden del Císter en estas remotas tierras situadas, entonces, en la frontera con Al-Ándalus y a medio camino entre Castilla y Aragón.

 1) Claustro gótico y claustro plateresco; 2) fachada de la iglesia; 3) bóveda del claustro gótico y 4) río Jalón junto al Monasterio.

El complejo monástico de Santa María de Huerta, en el centro de la localidad, es amplio, resultado de la yuxtaposición de espacios durante siglos. La vista más característica es la fachada del siglo XII con su gran rosetón y su portada abocinada con arcos apuntados, de estilo gótico. También se pueden obervar los restos de un curioso pórtico o nártex de tre arco apuntados que desapareció.

La portada da acceso a una iglesia de alto muros. Es interesante obervar el coro y el órgano así como la capilla mayor. Las pinturas al fresco que adornan la capilla fueron realizadas por Bartolomé Matarana a finales del siglo XVI y en ellas se representan escenas de la Batalla de las Navas de Tolosa (1212), aquella gran victoria de lo cristiano sobre los almohades que fue el inicio del fin de la Reconquista. De igual forma, no puede dejar de contemplarse el retablo mayor, de estilo barroco (siglo XVIII).
 

 1) claustro plateresco con medallones característicos; 2) bóvedas y columnas del refectorio de lo conversos; 3) escalinata y púlpito del refectorio; y 4) patio herreriano con las estatuas de San Martín de Finojosa y el arzobispo Ximénez de Rada.

Dos claustros articulan los espacios dentro del monasterio. El más antiguo es del siglo XIII, de estilo gótico. En torno a él se encuentran las salas típicas de los monasterios medievales: la sala capitular (que se ha perdido), el refectorio, la cocina y la cilla. Destaca el refectorio, contruido en el siglo XIII. Es un gran espacio de luz de bóveda expartita, que se sostiene sobre los muros sin la necesidad de columnas de apoyo. Es curiosa la escalera de subida al púlpito del lector. Desde allí, uno de los monjes leía en voz alta mientras el resto comía.


 Izq.: interior del refectorio; centro: retablo mayor de la iglesia; der.: entrada al refectorio.

Sobre el claustro gótico, superpuesto, encontramos el claustro plateresco, contruido entre los siglos XVI y XVII. Los medallones de la balaustrada representan principalmente reyes, monjes y personajes bíblicos. Otros espacios interesantes son la Sala de los Conversos o Legos, del siglo XII y con espectaculares columna románico-mudéjares y el claustro herreriano que se construyó, como el plateresco, entre los siglos XVI y XVII.

En el jardín del claustro herreriano hay dos estatuas dedicadas respectivamente a San Martín de Finojosa, que fue abad del monasterio y obispo de Sigüenza; y Rodrigo Ximénez de Rada, arzobispo de Toledo, que participó, junto al monarca castellano Alfonso VIII, en la batalla de la Navas de Tolosa. Ximénez de Rada fue protector del monasterio. Tanto San Martín de Finojosa como Ximénez de Rada están sepultados en la iglesia. Y es que Huerta es también un rincón de la Historia de Castilla y de toda España.


1) frescos que decoran lo muros del claustro gótico; 2) detalle de la cocina monumental junto a la chimenea del siglo XIII; 3) modillones cistercienses en la sala de lo conversos; y 4) sepulcro de Ximénez de Rada.




miércoles, 24 de abril de 2019

LA CIUDAD DEL CIELO

Parafraseando al historiador Florentino Zamora Lucas, en un artículo publicado en la revista Celtibera en 1971, "de las seis grandes Medinas que hay en España, ninguna de ellas puede igualar en venerable antigüedad, ni en historia, ni en altura de su planicie como" Medinaceli. Una localidad que sorprende por todo ello a pesar de que su población no alcanza los ochocientos habitantes. Cuando uno pasea por sus calles, callejones y plazas se da cuenta del carárcter noble de la localidad. Uno respira allí una historia bimilenaria llena de instantes, de retales que se entrecruzan con el pasado de nuestra sociedad.


 Arco romano de Medinaceli (s. I d.C.).

Dicen que el cerro donde se ubica, a medio camino entre la Meseta norte y la Alcarria, entre la cuenca del Duero y la del Ebro, entre el Sistema Central y el Ibérico, estuvo habitado desde antiguo. El imponente arco de dimensiones monumentales nos muestra la importancia para los antiguos romanos de aquel lugar al que llamaban Occilis. Destaca el cuerpo central decorado con dos templetes de frontón triangular. El monumento, con triple arcada, era lo suficientemente grande como para verse desde abajo y esto aún puede comprobarse hoy. Data del siglo I de nuestra era.

El arco romano es el principal rastro de la presencia de esta civilización por Medinaceli, pero no el único. Hace algunos años se descubrieron unos valiosos mosaicos del siglo IV bajo el suelo de la plaza mayor, en el centro de la localidad.

El cerro de Medinaceli debió de cautivar también a los árabes que invadieron la vieja Hispania en el 711. Pocos años después de la batalla de Guadalete, una guarnición militar musulmana se estableció allí, junto al arco romano. La importancia de la ciudad en época emiral y califal no fue menor como atestiguan los restos de la muralla árabe. Además, Medinaceli fue durante un corto periodo de tiempo capital de la Marca Media, una de las tres divisiones administrativas fronterizas de Al-Ándalus. La Marca Superior tuvo su capital en Zaragoza, la Inferior en Mérida y la Media, primero en Medinaceli y, después, en Toledo.

El propio Almazor, el caudillo cordobés de vida legendaria que atemorizó durante décadas a los cristianos del norte amó, según dicen las fuentes, Medinaceli. Después de una de sus periódicas razzias contra los reinos del norte peninsular, fue derrotado por los castellanos en la batalla de Calatañazor. Malherido, huyó a Al-Ándalus, muriendo el 9 de agosto del año 1002 en Medinaceli. Uno de los cronistas de la época dejó escrito "Luego, le dimos sepultura en la misma Medinaceli". Quizá su cuerpo aún descanse en algún lugar de la villa. O quizá fue trasladado a Córdoba. Quién sabe.

Medinaceli fue tierra de frontera durante siglos. Moros y cristianos lucharon allí cambiando de manos las murallas de la villa varias veces. El monarca aragonés Alfonso I "el batallador" la recuperó definitivamente para los cristianos en el año 1123. Alfonso I era aragonés, casado con la reina castellana Urraca, pero metió sus narices por las tierras que hoy son la provincia de Soria reconquistando la propia capital soriana en el 1119 y, después, Almazán, Gormaz y Medinaceli.

 Arriba: plaza mayor de Medinaceli con la alhóndiga (hoy ayuntamiento); Abajo: palacio ducal de la villa.

Enrique II de Trastámara convirtió las tierras de Medinaceli en condado allá por 1368. Ya saben, era una de esas "mercedes" entregadas por el nuevo rey a la nobleza de servicio que le había ayudado a ganar la guerra contra su hermanastro Pedro I "el Cruel". Medinaceli fue entregada a la familia de la Cerda, uno de los linajes más poderosos de Castilla.

A finales del siglo XV (en 1479), serían los Reyes Católicos quienes convertirían el condado de Medinaceli en un poderoso ducado. Era la gratitud de Isabel y Fernando al V conde de Medinaceli, Luis de la Cerda, por haber ayudado al rey aragonés a moverse en secreto por Castilla para casarse con la entonces princesa de Asturias. El linaje cambió a finales del siglo XVII, pasando a la familia Fernández de Córdoba y a finales del siglo XX pasó a los Hohenlohe quienes hoy en día ostentan el título de Duque de Medinaceli.

El caso es que el ducado de Medinaceli dominó no sólo la villa sino un extensísimo territorio que hoy se encuentra dividido entre las provincias de Soria y Guadalajara. En todo caso, la mayor parte de las propiedades del ducado se encontraban en el sur de la Península, en el valle del Guadalquivir. Los sucesivos duques de Medinaceli obtuvieron numerosas tierras tras contribuir a su reconquista en los siglo XIII y XIV.

 Arriba: 1) retablo mayor de la colegiata (s. XVII); 2) coro y órgano de la colegiata; Abajo: torre campanario de la colegiata de Santa María de la Asunción.

El rastro del pasado noble de Medinaceli es patente e todas las calles de la ciudad. La mayor parte de los edificios aún lucen con orgullo el blasón de la casa ducal y en la plaza mayor uno puede contemplar maravillado el palacio ducal. Construido en el siglo XVI, de planta rectangular, la edificación es típicamente renacentista, sobria, simétrica. Las dos torres laterales se alzan sobre los demás edificios.

En la plaza mayor, uno puede contemplar también la alhóndiga, quizá el edificio más antiguo de toda la plaza. En su interior se realizaban intercambios comerciales, actividades de compraventa y de almacenaje del cereal. En el piso superior se reunía el concejo de la villa pero también fue palacio de justicia e incluso cárcel.

Sobre los tejados de la alhóndiga se alza la majestuosa torre campanario de la Colegiata de Santa María de la Asunción. Medinaceli no es sólo rica en casas solariegas y notables sino también en edificios religiosos. El principal es este templo construido a comienzos del siglo XVI siguiendo el estilo gótico tardío de la época. Su estado de conservación no corresponde, sin embargo, con su importancia.

Por cierto, en su interior se guardan numerosos pasos procesionales de Semana Santa y dos tallas muy significativas: el Cristo de Medinaceli (siglo XVI) y el Jesus Nazareno (s. XX). Además, varios retablos de los siglos XVI al XVIII, el coro y el órgano merecen la pena contemplarse.

A la colegiata de la Asunción podemos sumar el convento de Santa Isabel, con una cuidada iglesia que uno no espera encontrar allí; y la ermita del Beato Julián de San Agustín. Por cierto, algunos pasajes de la vida de este ilustre ocelitiano fueron retratados por Murillo. En Medinaceli hay o hubo en su día más coventos como el de San Francisco o el Beaterio de San Román aunque no hablo de ellos para no aburrir al personal. Y otro apunte, Medinaceli perteneció hasta mediados del siglo XX a la diócesis de Sigüenza y no a la de Osma como el resto de la provincia de Soria.

  Rincones de Medinaceli

Muchos consideran equivocadamente que el nombre de Medinaceli deriva etimológicamente de la unión de dos palabras, una árabe - Medina - y otra latina - coeli -. Hoy se sabe que no es cierto, que su nombre es completamente árabe. Sin embargo, su emplazamiento geográfico, en lo alto de un cerro, a más de 1200 metros de altitud, y el viento constante que sopla allí (y que destrozó el paraguas del que esto firma) sí permiten calificarla como "la ciudad del cielo".

lunes, 1 de abril de 2019

EL FLYSCH DE ZUMAYA

 Algunas vistas del flysch de Zumaya, Deba y Mutriku

No suelo hablar por aquí de Geografía, aunque hay algunas (pocas) entradas sobre temas geográficos. Y mucho menos trato temas de Geología, una disciplina que si bien es pariente de la anterior, me pilla demasiado lejos. En cualquier caso, sí quería terminar esta trilogía sobre mi visita al País Vasco de hace unas semanas hablando del conocido flysch de Zumaya, Deba y Mutriku.

Oficialmente este paisaje fascinante es conocido como el Geoparque de la Costa Vasca y abarca más localidades de las mencionadas anteriormente. Aquí voy a centrarme únicamente en el flysch, un peculiar paisaje geológico que se extiende por los catorce kilómetros de costa que unen Mutriku (al oeste) y Zumaya (al este).

¿Qué es un flysch? Se trata de una formación rocosa resultado de la sedimentación alternante de capas de rocas duras (calizas y pizarras) y capas de rocas blandas (margas, etc.). El origen del término es alemán ya que, al parecer, flysch significa "deslizarse" o "resbalarse". 


 
En el flysch de Zumaya, las capas se formaron por la decantación de sedimentos (rocas, conchas de organismos marinos, etc.) en el fondo del mar que separaba hace millones de años, la Península Ibérica y el continente europeo. Cuando la Península Ibérica chocó con el continente durante la Orogenia Alpina hace unos 60 millones de años (miles de años arriba, miles de años abajo), los fondos marinos se elevaron y su disposición horizontal se transformó en vertical, emergiendo hasta la posición actual.

A partir de entonces, durante la Era Cuaternaria, los agentes atmosféricos y el océano han eroisonado el terreno dando lugar al paisaje y a los acantilados actuales. En numerosos paneles informativos, allí en Zumaya, comparan el flysch con un enorme libro: "Son como páginas de un gran libro, donde podemos leer más de 60 millones de años de evolución y eventos geológicos de la historia de nuestro planeta". En otras palabras, los entendidos son capaces de descubrir qué sucedió hace, por ejemplo, cuarenta millones de años estudiando algunas de las capas del flysch.


 
Por cierto sobre los acantilados de Zumaya se encuentra la ermita de San Telmo, un templo que no era apenas visitado hasta que apareció en la película de "Ocho Apellidos Vascos" y que hoy es uno de los grandes atractivos del pueblo. Desde la ermita se pueden contemplar unas espectaculares vistas del flysch.

 Ermita de San Telmo (Zumaya)

viernes, 29 de marzo de 2019

PRIMUS CIRCUMDEDISTI ME

Guetaria es una localidad situada en la costa guipuzcoana que hoy en día tiene unos tres mil habitantes. Lo más conocido de ella es el Museo de Balenciaga, inaugurado en 2011, y el famoso ratón de Guetaria, la silueta del Monte de San Antón vista desde la pasarela que une esta localidad con el vecino Zarauz. La silueta del monte, como es fácil suponer, se asemeja a la de un rodeor.

 
 Ratón de Guetaria

Además de esto, Guetaria es conocida por ser la cuna del primer marino que dio la vuelta al mundo, Juan Sebastián Elcano. Elcano nació aquí en torno al año 1476 y, como tampoco es muy difícil adivinar, su vida estuvo siempre ligada al mar. El mar es omnipresente en Guetaria. Está por todos lados. Se escucha aquí y allá, sobre todo en los días de temporal, cuando ruge con bravura.

Los guetarenses se han dedicado desde antiguo a la pesca e incluso a la caza de la ballena. Elcano se crió oyendo las historias fantásticas que contaban los marinos; historias de aventuras que ocurrieron en lo que en los albores del siglo XVI aún llamaban la Mar Océana. Lo que no pudo imaginar Elcano fue que surcaría él también los otros dos grandes océanos de la Tierra: el Pacífico y el Índico.

Cuando se alistó en la expedición que estaba preparando el portugués Fernando de Magallanes, lo hizo con el propósito de ganar riquezas y fama. ¡Como todos los que en aquellos tiempos se aventuraron a lo desconocido! Antes ya había participado en otras expediciones aunque no había viajado al Nuevo Mundo. Elcano fue nombrado maestre de la nao Concepción, una de las cinco naves que partieron del puerto gaditano de Sanlúcar de Barrameda en septiembre de 1519, hace quinientos años. Por cierto, la mayor parte de esas naves habían sido construidas en los astilleros vascos, famosos ya entonces por la gran calidad y resistencia de sus barcos.

La fortuna hizo que Magallanes no tomase represalias contra Elcano cuando le armaron un motín en la bahía de San Julián, al sur de lo que hoy es Argentina. Y es que el guetarense había toma parte activamente en la conspiración contra el tirano capitán. La casualidad hizo también que no muriese de hambre o escorbuto en la interminable travesía del Pacífico donde perecieron muchos de sus compañeros. Y, de nuevo, el azar impidió que fuese asesinado en la trampa que les tendieron los nativos filipinos a los españoles tras la muerte de Magallanes. En aquel momento, Elcano se encontraba enfermo y permaneció en la nave. Aquello le salvó.

El mar bravo azota la costa de Guetaria


También podríamos atribuir a la casualidad, o quizá a la astucia y valía del marino guipuzcuano, su elección como nuevo capitán de la expedición tras la desaparición de sus superiores. Elcano, convertido en capitán de la nao Victoria, se aventuró a seguir un rumbo no previsto: en vez de volver a Castilla por el Pacífico (algo imposible entonces), decidió emprender la ruta portuguesa, navegando alrededor de África. Esta decisión lo convertiría al final en el gran heroe de aquel tiempo.

Tras innumerables peripecias que en muchas ocasiones rozaron lo increible, Elcano junto con los otros diecisiete supervivientes (¡la tripulación inicial era de más de 200 marinos!), arribó a Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522. Tres años después de haber partido. No tardó en volver a su Guetaria natal, donde lo esperaba su familia (su pobre madre que lo aguardaba desde hacía años); pero tampoco lo hizo para volver al mar pues unos años después se embarcó en otra expedición que pretendía cruzar de nuevo el Pacífico. Murió allí, en el Pacífico, en 1526.

En Guetaria tres estatuas recuerdan su hazaña. Fue el primero que completó una vuelta al globo y demostró empíricamente lo que hoy, quinientos años después, algunos imbéciles todavía ponen en duda: que la Tierra es una esfera. El emperador Carlos V le concedió muchos privilegios en vida, entre ellos un escudo de armas. En él había una inscripción, la misma que adorna el gran monumento erigido en el siglo XIX en Guetaria, y que resume toda su aventura: Primus circumdedisti me - el primero que me circunnavegó -. 


 Monumentos dedicados a Elcano en Guetaria