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viernes, 9 de mayo de 2014

LA GRAN CALAMIDAD ARMENIA (1914 - 1923)

EL PRIMER GENOCIDIO DE LA HISTORIA                           

LOS FRENTES SECUNDARIOS (SEGUNDA PARTE)

Para entender esta historia quizá te interese leer antes la situación del Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial aquí.



La Gran Calamidad, como llaman los armenios a las masacres que sufrieron a manos de los soldados turcos a partir de 1914, es quizá uno de los episodios más dramáticos de la Primera Guerra Mundial y probablemente uno de los más desconocidos.

A principios del siglo XX los armenios eran una minoría próspera dentro del Imperio Otomano. Lejos quedaban los tiempos en los que formaron un reino independiente ya que desde la formación del Impero Otomano (siglo XV) habían quedado integrados en su seno y eran relativamente bien tratados por la mayoría turca musulmana. Debemos tener en cuenta que en pleno siglo XVI, mientras judíos y musulmanes eran expulsados de los reinos cristianos occidentales, como España, Francia o Portugal, el Imperio Turco era un crisol de culturas en el que, al menos, los armenios (cristianos) eran tolerados.

Durante el siglo XIX, mientras las minorías griega y eslava luchaban por la independencia en los Balcanes, al oeste del Imperio; los armenios permanecían relativamente tranquilos en la zona oriental. Es cierto que eran cristianos y culturalmente diferenciados de los turcos pero de momento no habían reclamado la independencia y eran considerados "orientales", es decir, alejados de las ideas de libertad e independencia que florecían en Europa. 

Pero eso no significaba que no empezasen a tomar conciencia de su identidad. A partir de 1880, con el empuje del liberalismo que soplaba desde Europa (muchos armenios viajaban a Londres y París), surgieron diversas sociedades secretas en Anatolia Oriental (en las provincias del Este del Imperio Otomano) tales como "Los defensores de la Madre Patria" o "La Federación Revolucionaria Armenia" (o "Dashnak").

Por mucho que en general la población armenia fuese pacífica y estuviese integrada medianamente bien en la sociedad turca, surgieron algunos radicales que buscaban una insurrección independentista en el interior del Imperio al tiempo que recibían la ayuda de algunas potencias extranjeras. Claro está, estos hechos empezaron a inquietar a los turcos que veían a los armenios como los aliados de los enemigos extranjeros. Y no nos engañemos, aunque la población armenia había sido "tolerada" hasta entonces, los turcos los miraban con desdén y los llamaban despectivamente "gavur" o "kafir" (infiel). Por eso, los radicales del partido "Jóvenes Turcos" poco necesitaron para desencadenar la persecución contra esta comunidad.

Desde luego, en vísperas de la Gran Guerra, las masacres estaban gestándose. El diplomático británico C. Elliot envió una carta al gobierno británico en la que explicaba lo que estaba sucediendo con los armenios:

"La buena posición de los armenios en Turquía había dependido en gran medida del hecho de que eran orientales y estaban exentos de la tintura de la cultura europea que es común entre griegos y eslavos. Pero ese rasgo se esta diluyendo: se introducen la educación europea, se leen libros europeos, etc. Los turcos piensan que es clara la intención de desmembrar lo que queda del Imperio Otomano y de crear un Reino Armenio..."

Y en cierto sentido esa era la intención: crear un reino armenio independiente con los territorios del Este del Imperio Otomano y que las potencias europeas les ayudasen. Así se puede entender que los nacionalistas turcos los viesen como un aliado de sus enemigos dentro de su propia casa. 

Cuando comenzó la Gran Guerra y el Imperio Otomano se alió con las potencias centrales, Rusia atacó la frontera del Cáucaso y penetró en las tierras otomanas que concentraban a la mayor parte de la comunidad armenia. Rusia impulsó algunas reformas liberalizadoras en los territorios turco-armenios que ocupaba y se presentaron ante los armenios como los libertadores. 

Cuando en 1915, muchos jóvenes armenios expresaron abiertamente sus simpatías hacia los rusos, los turcos llegaron a la conclusión de que sólo una medida radical podían impedir la colaboración entre rusos y armenios: la deportación masiva de la población armenia hacia Mesopotamia y Siria. 

Entre los días 23 y 24 de abril de 1915 fueron detenidos, deportados y ejecutados toda la casta intelectual  armenia con el objetivo de eliminar toda posibilidad de liderazgo entre la comunidad cristiana. A partir de entonces, una eterna caravana hacia los desiertos avanzó lentamente. Nadie hizo nada para pararlo y el mundo sabía lo que estaba sucediendo. "Que la denominación armenia sea borrada" decía el titular de un diario de la época sobre las intenciones de los turcos...

Las rutas de la muerte estaban planificadas. Dado que no se podían malgastar municiones porque estaban destinadas a la guerra, los soldados turcos recibieron instrucciones precisas: los armenios que se dirigiesen (forzosamente) al norte se ahogarían en el Mar Negro; los del centro de Anatolia se adentrarían en el desierto sirio para morir de sed, de cansancio o de hambre. Sus cuerpos se arrojarían a  pozos y serían quemados.

El Genocidio Armenio (1914 - 1923)


Por supuesto, hubo también abusos "fuera" de los planes oficiales: los soldados turcos violaron a las mujeres armenias, hicieron abortar a las embarazadas, raptaron a las niñas para venderlas como esclavas para los harenes de los magnates turcos, se confiscaron sus propiedades, etc.

Esa visión es realmente cruel y apunta a una intencionalidad clara por parte de las autoridades otomanas que habrían ordenado el aniquilamiento de la raza armenia. Desde esta perspectiva hubo una Genocidio. Sin embargo, las fuentes turcas (y el gobierno turco actual) niegan la intencionalidad de las masacres. Admiten que hubo deportaciones pero afirman que fueron tanto de armenios como de turcos para alejarlos del frente de guerra.

Y es probable que la perspectiva turca tenga algo de verdad. A las embajadas de Estambul llegó el siguiente mensaje el 18 de octubre de 1915: 

"Se teme que Constantinopla (Estambul) se quede sin suministro de harina por lo que no es seguro que se pueda garantizar el suministro de pan a los armenios de la zona oriental durante todo el invierno".

Desde luego la situación del conjunto de la población del Imperio (cristiana o musulmana) fue dramática durante toda la Primera Guerra Mundial. Cientos de miles de turcos murieron de hambre y de las enfermedades que se extendían por las principales ciudades. Cientos de miles de armenios perecieron de igual forma pero parece que a parte de estas muertes (hasta cierto punto normales en un guerra) hubo un plan premeditado para aniquilar a la comunidad armenia, sospechosa de colaboración con el enemigo ruso y por supuesto, acusada de querer desmembrar lo que quedaba del Imperio.

Después de la guerra, el 16 de diciembre de 1918, se emitió un decreto en Turquía , impulsado por la Entente, mediante el cual se investigarían las crueles matanzas y se juzgaría a los ejecutores. Se prohibió el partido de los "Jóvenes Turcos" y se intentó restablecer la concordia entre turcos y armenios. Sin embargo, el 24 de abril de 1919, mientras se celebraba en Estambul una misa en memoria de los muertos armenios, en las privincias orientales se les seguía persiguiendo sin ningún impedimento. Las masacres no acabaron con la Guerra sino que se prolongaron hasta 1923.

Se estima que entre 800.000 y 2.000.000 de armenios perecieron en aquellos dramáticos años. Pero Turquía se niega a reconocer las matanzas y muchos países aún las cuestionan. Sin embargo, sus efectos son evidentes puesto que las relaciones entre la moderna República de Armenia (independizada de la URSS en 1991) y la República de Turquía, cien años después del Genocidio, siguen si tener relaciones diplomáticas. A pesar de ser vecinos.

Cada 24 de abril, Armenia celebra el día del Genocidio. La Gran Calamidad, como la llaman ellos, que puso ser el primer genocidio de la historia y sin embargo, pocos saben que ocurrió.






*Más historias de la Primera Guerra Mundial aquí. 


viernes, 25 de abril de 2014

EL DERRUMBE DEL IMPERIO OTOMANO

LOS FRENTES SECUNDARIOS (PRIMERA PARTE)

*Antes de leer esta entrada quizá quieras saber la evolución histórica del Imperio Otomano desde finales del siglo XIX hasta 1914.

Al comenzar la Guerra Mundial, el gobierno de Estambul pretendió al principio, mantener la neutralidad puesto que su situación política era muy delicada. Años antes había comenzado la regeneración política liderada por los Jóvenes Turcos. Sin embargo, Turquía no era ajena a las tensiones en Europa, sobre todo en las fronteras con Rusia (el Caúcaso) y en los Balcanes y el temor al imperio de los zares hizo que se decidiese a entrar en la contienda. En noviembre de 1914, a instancias del ministro de Guerra, Enver Pasha, el Imperio Otomano entró en la guerra del lado de los Imperios Centrales.

Las autoridades turcas movilizaron los ejércitos y pocos días después, la armada otomana atacó los barcos franceses e ingleses del Mar Negro al mismo tiempo que recibía ayuda de Alemania (barcos de guerra y armamento). Pero, a pesar del apoyo germano, al "enfermo de Europa" se le abrieron tres frentes de guerra que no iba a ser capaz de dominar:

El Imperio Otomano durante la
Primera Guerra Mundial (1914 - 1918)

El primero de ellos, y más importante, fue el frente del Caúcaso contra Rusia cuyos ejércitos penetraron profundamente en territorio turco sin que las tropas del Sultán de Estambul pudiesen hacerles frente. Los turcos se limitaron a poner en práctica la estrategia de "tierra quemada", es decir, destruir todo aquello que se fuesen a encontrar los rusos antes de su llegada. Esto implicó la deportación masiva de armenios, sospechosos de colaboración con los rusos, hacia las tierras áridas del norte de Mesopotamia. El conocido como Genocidio Armenio se prolongó más allá del fin de la Gran Guerra y será tratado en una entrada más adelante.

Quizá uno de los episodios más dramáticos de la intervención otomana en la Gran Guerra sea, junto con el Genocido armenio, la Batalla de Gallípoli. El control de los estrechos que separan el Mar Negro del Egeo (Dardanelos y Bórforo) cobró especial relevancia hacia 1915 porque a través de ellos los aliados pretendían suministrar armas a Rusia y obtener a cambio trigo. Los estrechos eran el corazón del Imperio Otomano y por eso, si franceses e ingleses los dominaban, no sólo conseguirían abrir la "Sublime Puerta" (entiéndase Constantinopla) sino que asestarían a Turquía el golpe definitivo.

La ofensiva aliada consiguió desembarcar en la Península de Gallípoli, en el extremo suroeste de las tierras bañadas por los estrechos. Sin embargo, la respuesta turca fue rápida y los aliados sólo pudieron ocupar una pequeña porción de terreno en torno a la Bahía de Suvla y el Cabo de Helles. Durante tres meses se prolongó la batalla sin que los aliados consiguiesen avanzar, en parte por la mala planificación de las ofensivas. Finalmente, en enero de 1916, casi un año después del desembarco, franceses e ingleses se retiraron. En las batallas habían perecido 252.000 británicos, casi 50.000 franceses y 253.000 soldados turcos.

 
Batalla de Gallípoli (febrero de 1915 - enero de 1916)

Mientras tanto, en el frente del Caúcaso, los rusos lanzaban continuas ofensivas imparables para los turcos. Sin embargo, a partir de 1917, tras el estallido de la Revolución Rusa, los turcos consiguieron recuperar el terreno perdido pero a costa de retirar sus tropas de otros frentes. Esta circunstancia provocó que poco a poco el Imperio Otomano se desmembrase ante las ofensivas aliadas y la rebelión de los pueblos árabes.

El segundo frente fue la Franja Sirio-Palestina y las costas bañadas por el Mar Rojo. Los británicos atacaron desde Egipto mientras los franceses lo hacían desde el Mar Mediterráneo. En esta ofensiva se hizo famoso el agente británico Lawrence de Arabia que instigó la sublevación de las tribus árabes contra el control otomano. Los británicos combinaron la ayuda económica a estos pueblos con estímulos políticos.

Las poblaciones árabes cortaron los suministros y las vías de comunicación del ejército de Estambul y de esta forma, Arabia, con ayuda británica, consiguió liberarse del poder turco. En 1917, la Declaración de Balfour prometió a los judíos un Estado propio en una parte de Palestina y tras la derrota de las potencias centrales, Gran Bretaña y Francia ocuparon toda la región.

El tercer frente turco fue Mesopotamia donde, por primera vez en la Historia, cobró especial relevancia el control de los yacimientos de petróleo. Los británicos desembarcaron en la desembocadura del Tigris-Éufrates y lanzaron sucesivas ofensivas. La primera, entre 1915 y 1916 fracasó por la mala planificación de los aliados y la respuesta otomana, pero las siguientes (en 1917 y 1918) permitieron a los británicos controlar todo el actual Iraq.

En 1918 el Imperio Otomano se desmoronaba en todos sus frentes. Los ataques aliados en Palestina y Mesopotamia, junto con la rebelión árabe y la mala situación económica sumieron a Turquía en el caos. Por todo ello, meses antes de que la guerra concluyese en Centroeuropa, Estambul pidió el cese de hostilidades y la firma de un armisticio. Era el fin del Imperio Otomano.




*Más entradas sobre la Primera Guerra Mundial aquí.

martes, 22 de abril de 2014

CUANDO CASTILLA PERDIÓ LA INICIATIVA

La Guerra de las Comunidades, la Batalla de Villalar y la derrota de los comuneros. 23 de abril de 1521


"Batalla de Villalar"
de Manuel Picolo López (Finales de siglo XIX)


Desde la muerte de Isabel la Católica en 1504 soplaban tiempos de cambio en Castilla. Hasta 1516 se sucedieron regencias y periodos de incertidumbre y disputas. En ese año, tras la muerte de Fernando el Católico, asumió el trono de los reinos hispánicos su nieto flamenco, Carlos de Habsburgo, que estaba llamado a arbitrar Europa durante los siguientes cuarenta años. El joven Carlos, de apenas dieciséis años de edad, se autoproclamó rey de Castilla en Bruselas, violando la legalidad castellana.

El 18 de septiembre de 1517, tras una penosa travesía desde los Países Bajos, el monarca desembarcaba en la playa de Tazones, cercana a la localidad asturiana de Villaviciosa, con un séquito de colaboradores y consejeros flamencos. Carlos I no sabía hablar castellano, ni conocía las leyes y costumbres de Castilla, y las tradiciones de la Corte flamenca estaban muy alejadas de las de la puritana Corte castellana. La adaptación a la vida de su nuevo reino no iba a ser fácil.

Definitivamente las relaciones entre Carlos de Gante y sus súbditos castellanos no empezaron bien: nada más llegar repartió los cargos más relevantes de la administración castellana y de la Iglesia entre sus colaboradores flamencos. El arzobispado de Toledo, primado de España, vacante desde la muerte del cardenal Cisneros, fue para Guillermo de Croy, el sobrino del Señor de Chièvres, uno de los consejeros del nuevo rey. No hay que decir que el nuevo arzobispo de Toledo se encontraba en Flandes y nunca pisaría las tierras castellanas.

Las Cortes de Castilla se reunieron en Valladolid en febrero de 1518 para reconocer al soberano. Hay que tener en cuenta que la reina propietaria de Castilla no era otra que su madre Juana, mal llamada "la Loca", que se encontraba encerrada en el castillo de Tordesillas. En Valladolid el ambiente estaba enrarecido porque empezaron a surgir las primeras tensiones entre los castellanos y el cortejo flamenco del rey. No gustaba el aire extranjerizante que se respiraba en la ciudad y mucho menos la política que estaba imponiendo el joven rey.

Después, Carlos I marchó a Zaragoza para ser reconocido rey por las Cortes de Aragón en enero de 1519 y de allí se trasladó a Cataluña. Antes de llegar a Barcelona le llegó la noticia de la muerte de su abuelo Maximiliano, el emperador de Sacro Imperio, y su proclamación como Rey de Romanos. Así que el rey volvió de inmediato a Castilla con la intención de conseguir dinero para sufragar su coronación imperial.

Se convocaron de nuevo las Cortes de Castilla, que se reunieron en Santiago de Compostela en marzo de 1520. Los procuradores enviados por las ciudades castellanas aprobaron los servicios (dineros) solicitados por el rey para trasladarse al Sacro Imperio y ser elegido emperador. No obstante, antes le instaron a modificar su política: debía nombrar a castellanos para los puestos de la administración, debía aprender a hablar castellano y tenía que volver a Castilla cuanto antes. 

No sé entendía muy bien en los reinos hispanos el interés de Carlos por el trono imperial, que se veía en Castilla como algo lejano. Tampoco entendió la población por qué las Cortes habían claudicado a las peticiones del rey. Por este motivo, muchos procuradores fueron perseguidos cuando volvieron a sus respectivas ciudades.

En marzo de 1520 partió Carlos precipitadamente del puerto de La Coruña dejando allí abiertas las reuniones de las Cortes. Nombró a su colaborador Adriano de Utrecht regente del reino, un reino que, por cierto, estaba a punto de estallar. Por aquellos días, en la puerta de una iglesia castellana podía leerse una frase que resumía el sentir de todo el pueblo:

"Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que un tan noble reino como eres sea gobernado por quienes no te tienen amor".

Después de varios ataques contra los procuradores de las Cortes de La Coruña, que no habían defendido los derechos de los castellanos convenientemente, la ciudad de Toledo, arrogándose funciones y competencias regias, convocó a los representantes en Cortes a una junta extraordinaria en la ciudad de Ávila en julio de 1520. En aquella reunión estuvieron presentes procuradores de cinco ciudades: León, Toledo, Salamanca, Segovia y Zamora. Se nombró una Junta rectora y se manifestó la oposición a los servicios votados en las Cortes de La Coruña y al nombramiento del extranjero Adriano de Utrecht como regente. Comenzaba la revuelta de las Comunidades de Castilla.

En un principio sólo unas pocas ciudades se sumaron a la rebelión pero después del incendio de Medina del Campo, en el verano de 1520, la sublevación se extendió por todo el reino. La destrucción de Medina del Campo fue ordenada por el arzobispo Antonio de Rojas, presidente del Consejo Real, en contra de la opinión conciliadora de Adriano de Utrecht. Pronto la llama prendió en casi todas las ciudades de Castilla la Vieja: Burgos, Ávila, Soria, Valladolid, Toro...; y algunas de la Castilla Nueva como Madrid y Guadalajara. Castilla entera ardía en rebeldía contra un rey extranjero que había abandonado sus funciones.

Juan de Padilla, regidor de la ciudad de Toledo; Juan Bravo, de Segovia; y Pedro Maldonado regidor de Salamanca, se alzaron con el liderazgo del movimiento comunero. Se apoderaron de Tordesillas y trataron de convencer a la reina Juana de que asumiese la corona. La madre de Carlos I no quiso posicionarse en contra de su hijo y declinó el ofrecimiento. Fue el primer golpe para la Junta que perdía la fuente de legitimación.

En septiembre de 1520, la Junta se estableció definitivamente en Tordesillas y comenzó a llamarse Santa. A partir de entonces surgieron desavenencias entre los comuneros: mientras el sector moderado, liderado por Burgos, pretendía presentar al monarca una serie de reformas; los radicales de Toledo querían someter al rey al poder de la Junta. Esta división confirmó el fracaso de la rebelión. A pesar de algunas victorias militares, la desunión hizo fracasar la revuelta comunera. 

La radicalización social de las clases bajas hizo que la alta nobleza se posicionase del lado de la corona para defender sus intereses. La insurrección empezó a extenderse por el mundo rural y a perjudicar a los nobles. Este hecho propició la alianza entre el monarca y la aristocracia, que desde entonces hicieron frente juntos a los comuneros. El rey hizo, además, algunas concesiones anulando el servicio de las Cortes de La Coruña y asociando el gobierno del reino al almirante y al condestable de Castilla, ambos castellanos.

Los ejércitos imperiales conquistaron Tordesillas y obligaron a la Santa Junta a trasladarse a Valladolid en el otoño de 1520. Para entonces ciudades como Burgos y Soria ya se habían retirado. Y es que, en muchas poblaciones el miedo a que estallase una revuelta social y el estado llano ganase poder hizo que las oligarquías locales retiraran su apoyo a la Junta. La revuelta hacia aguas. 

La batalla final, el golpe de gracia para la sublevación, llegaría meses más tarde. El 23 de abril de 1521 las tropas de Carlos I aplastaron a los comuneros en Villalar y capturaron a sus lideres. En los días siguientes Padilla, Bravo y Maldonado fueron decapitados después de un juicio sumario. La rebelión había fracasado aunque en Toledo, la viuda de Padilla, María Pacheco, resistió hasta febrero de 1522.

La reivindicación principal de los Comuneros era la convocatoria regular de Cortes y por tanto la limitación del poder del rey, una reclamación que, según algunos historiadores, tenía carácter revolucionario. En cualquier caso, la derrota de Villalar supuso el hundimiento de esas reivindicaciones y, desde entonces, Castilla se convertiría en el reino perfecto para ejercer el absolutismo monárquico sin ningún obstáculo. 

Las consecuencias económicas de la sublevación comunera fueron también importantes. Las ciudades que apoyaron la revuelta hasta el final debieron pagar reparaciones por los daños causados. La industria lanera castellana sufrió, por supuesto, los estragos de la guerra y la apuesta decidida por la exportación de la lana perjudicó el futuro desarrollo industrial castellano. Por último, en 1522, Carlos I dictó un perdón general del que fueron excluidos los más destacados comuneros, que acabaron pagando con sus propiedades o con su vida. Era el final de las Comunidades.


"Ejecución de Padilla, Bravo y Maldonado"
de Antonio Gisbert (1816)




Esta entrada fue publicada por primera vez el 22 de abril de 2014. El 22 de abril de 2021, con motivo del 500 Aniversario de la Batalla de Villalar, fue revisada y corregida.

sábado, 12 de abril de 2014

LOS ORÍGENES DE LAS PROCESIONES DE SEMANA SANTA

"Porque por fe caminamos y no por vista" (2 Corintios 5:7)


"Procesión de disciplinantes" de Goya (1815 - 1819)

En los próximos días las calles de las ciudades y los pueblos de España se llenarán de procesiones, imágenes bíblicas y nazarenos que conmemoran la Pasión y muerte de Jesucristo. La Semana Santa son ocho días de fervor religioso durante los cuales se procesionan auténticas joyas artísticas e históricas en muchos lugares de nuestro país. Pero ¿cuál es el origen de las procesiones de Semana Santa?

La Semana Santa o Pascua Cristiana fue establecida de forma oficial por la Iglesia Católica en el I Concilio de Nicea, en el año 325. Desde entonces la Cristiandad conmemora la muerte de Cristo y su resurrección al tercer día después de muerto. Sin embargo, la Iglesia de Roma nunca dijo nada de que se sacasen imágenes de Cristo a las calles durante esos días.

Las procesiones han existido desde siempre en todas las religiones. Grupos de personas desfilan desde un lugar a otro, normalmente templos religiosos, para conmemorar un hecho divino o para rogar a Dios algo. Los cristianos de todo el mundo celebraron procesiones desde el siglo I d.C. si bien, al principio eran secretas e incluso con estilo militar para evitar las persecuciones a las que los sometían los romanos.

Sin embargo, las procesiones de Semana Santa son algo original de España (aunque luego se exportaron a otros lugares, como Sudamérica) y quizá su origen y su objetivo sean un tanto desconocidos para la mayoría de los creyentes. Se encuentran en los siglos XV y XVI en el marco de la Reforma Católica (o Contrarreforma). Veréis.

Desde la Edad Media (siglos XII y XIII) se celebraban en muchas localidades de la Península procesiones religiosas durante los días de Semana Santa. Era, como lo es hoy, una manifestación pública de religiosidad, igual que las muchas que se celebraban a lo largo del año en toda la Cristiandad. Pero en 1517 un clérigo alemán de nombre Martín Lutero expuso sus famosas tesis de Wittemberg en las que criticaba, entre otras muchas cosas, dicha demostración pública de religiosidad. Para Lutero la religión debía ser íntima y rechazaba la presencia de imágenes en los templos religiosos así como las propias procesiones.

En poco más de cincuenta años, media Europa era "protestante", el nombre que se dio a aquellos heterodoxos seguidores de Lutero que "protestaron" mucho en la Dieta de Wörms. Para solucionar el cisma algunos (como el emperador Carlos V) pidieron la convocatoria de un concilio pero el Papa no lo convocó hasta 1545 en la ciudad de Trento.

Para entonces, como os podéis imaginar, era ya demasiado tarde para reconstruir la unidad de la Cristiandad con lo que el Concilio de Trento (1545 - 1563) sólo sirvió para reafirmar la doctrina y el dogma católicos y hacer algunas reformas en el seno de la Iglesia de Roma. Entre las cuestiones que se reafirmaron para oponerlas a las tesis protestantes fueron las de las imágenes en las iglesias. No sólo se toleraban sino que había que venerarlas y utilizarlas con una función didáctica hacia los incultos fieles incapaces de entender las Sagradas Escrituras.

En esa época, la España de Felipe II se convirtió en el adalid del Catolicismo en Europa, combatiendo la herejía allá donde se encontrarse y reafirmando su compromiso con el Papa de Roma. Los siglos XVI y XVII fueron la edad de oro de la imaginería en España porque todas las iglesias reclamaban tener un Cristo, una Virgen a un santo a quien venerar.

Pero no sólo eso, sino que desde el poder se potenciaron y favorecieron las expresiones colectivas de religiosidad. Se incitaba a los fieles laicos a formar asociaciones religiosas llamadas cofradías y a salir a las calles a expresar su fervor religioso. Es decir, justo lo contrario de lo que había propuesto Lutero. Y ¿qué mejor forma de expresar la religiosidad que a través de las procesiones? La Semana Santa y el Corpus se convirtieron en las mejores ocasiones para esas manifestaciones de fervor religioso compartido. Con ellas se demostraba el triunfo de la Iglesia Católica frente a los protestantes.

Al principio las procesiones fueron realmente crueles: decenas de penitentes se azotaban las espaldas mientras las calles se teñían con el rojo de la sangre. El espectáculo era tal que hasta Santa Teresa de Jesús dijo que era "propio de bárbaros y salvajes". Entonces se procesionaban también algunas imágenes y los llamados "pasos" que al principio eran representaciones teatrales. Fieles disfrazados de Cristo, de romanos y de discípulos interpretaban pasajes de la Pasión.

Con el tiempo las representaciones se sustituyeron por figuras escultóricas, en muchos casos imágenes realmente valiosas realizadas durante los siglos anteriores. Se sacaba el arte a las calles para demostrar el triunfo del Catolicismo, como un símbolo de victoria frente a los enemigos de la fe.

Entre tanto también se realizaba los autos de fe. Ya saben: aquellas ceremonias públicas en las que la Inquisición condenaba a los herejes. En ellas, al condenado se le colocaba un capirote con forma puntiaguda para que ganase altura y estuviese más cerca del cielo. Pues bien, ese capirote fue adoptado por los nazarenos ya que con él se buscaba la cercanía a Dios.

Así se configuraron todos los elementos que forman hoy los espectáculos procesionales de nuestra Semana Santa: los penitentes (que hoy van descalzos y no se fustigan, por el bien de todos), los pasos con las imágenes, los nazarenos, etc.

Estas expresiones de sentimiento religioso cristalizaron en la cultura española aunque pasaron por periodos de decadencia. Durante el siglo XVIII, por ejemplo, estuvieron mal vistas por influencia de los ilustrados que las veían como signos de superstición e incluso estuvieron prohibidas durante algunos años. 

Ahora, en pleno siglo XXI, se toman más como una expresión cultural y artística que como una expresión religiosa. Pero no debemos olvidar que en su origen representaban lo más profundo del fervor religioso para algunos y eran una demostración de fuerza de la Iglesia Católica para otros. En fin, era un mundo de apariencias.


"Viernes Santo en Castilla" de Dario de Regoyos (1904)


  




viernes, 4 de abril de 2014

¡QUE VIENEN LOS COSACOS!

EL FRENTE ORIENTAL ENTRE 1914 Y 1918

Ante las peticiones de auxilio de Francia y Gran Bretaña en el frente occidental, los ejércitos del zar, aun sin estar preparados del todo, lanzaron dos ofensivas contra los Imperios Centrales a finales de 1914. Las huestes rusas consiguieron penetrar en la Prusia Oriental y en Galizia, al norte de Austria-Hungría. Los peores presagios de las autoridades germanas se estaban cumpliendo: Alemania tenía dos frentes abiertos.

En Berlín, capital de Reich, sólo se hablaba de la llegada de los "cosacos" como se llamaba a los rusos y los periódicos informaban de la "amenaza eslava". Si Alemania era muy superior a los ejércitos franco-británicos en el frente occidental, en el oriental estaba en inferioridad numérica. Por eso, los altos mandos del ejército trasladaron parte de las tropas desde Francia hasta Prusia Oriental para hacer frente a los "cosacos".

Caballería cosaca del Ejército ruso durante la Primera Guerra Mundial


La llegada de efectivos alemanes desde occidente hizo posibles las victorias alemanas en las batallas de Tanneberg y de los Lagos Masurianos. Frente a la superioridad técnica y la disciplina de los ejércitos alemanes y la brillante dirección de los generales Hindemburg y Ludendorff, poco pudieron hacer las mal preparadas tropas rusas. El resultado final de la contraofensiva alemana fue rotundo: las mejores unidades del ejército del zar fueron aniquiladas y a finales de septiembre Prusia estaba liberada y el frente se encontraba en tierras polacas. Aún con la derrota, Rusia había conseguido su objetivo: en el frente occidental los aliados habían derrotado a los alemanes y París se había salvado.

El ejército ruso también logró avanzar más al sur, en Galizia, donde el ejército austrohúngaro era incapaz de superar sus divisiones nacionalistas internas y oponer resistencia a la ofensiva Brusilov. A los pocos meses, las tropas alemanas acudieron en ayuda de las de Austria-Hungría y lanzaron un contraataque que arrasó a los ejércitos rusos. Esto sería una constante a lo largo de la guerra: los alemanes tuvieron que acudir en auxilio de su aliado ante la debilidad de éste. No obstante en 1915, Serbia estaba totalmente ocupada por Austria-Hungría, poco después Montenegro fue conquistado y en 1916, cuando Rumanía entró en la guerra al lado de los aliados, los imperios centrales la sometieron sin problemas.

A partir de finales de 1914, las tropas alemanas avanzaron imparablemente hacia el este. Los rusos trataban de lanzar ofensivas sobre todo contra el flanco más débil, Austria-Hungría, pero la inestabilidad política en Rusia junto con la mala organización y coordinación de los ejércitos del Zar hicieron fracasar todas las tentativas. Si en 1915 el frente de guerra se situaba en Polonia, dos años después los imperios centrales habían ocupado Lituania, la Rusia Blanca (Bielorusia), y parte de Ucrania.

La guerra hizo estragos entre la población rusa y aumentó su indignación. En marzo de 1917 estalló la Revolución de Febrero y el zar fue derrocado. El nuevo gobierno capitaneado por Kerensky trató de continuar la guerra pero el ejército ruso hacia tiempo que había perdido la iniciativa. En septiembre de ese año, Alemania lanzó una potente ofensiva y ocupó Letonia, Estonia y toda Ucrania.

Entre noviembre y diciembre de 1917, la revolución bolchevique derribó al gobierno burgués de Rusia e instauró un régimen comunista. Los nuevos dueños del Imperio Ruso, liderados por Lenin, son partidarios de firmar la paz. El tratado de Brest-Litovsk  de marzo de 1918 certificaba el fin de la guerra para Rusia pero a costa de perder extensos territorios en las llanuras europeas: Polonia, la Rusia Blanca, Ucrania y las Repúblicas Bálticas estaban ocupadas militarmente por los imperios centrales mientras Finlandia había declarado su independencia.

El frente oriental de la guerra entre 1914 y 1918


 *Más entradas en "100 años de la Gran Guerra"

viernes, 28 de marzo de 2014

LA OFENSIVA ALEMANA Y LA RESPUESTA ALIADA

EL FRENTE OCCIDENTAL HASTA FINALES DE 1914

Sobre el papel la estrategia del Estado Mayor del ejército alemán (llamada Plan Schilieffen) era imparable como se había demostrado en los numerosos ensayos realizados: la maniobra envolvente sobre París haría capitular a Francia en unas seis semanas, antes de que los ejércitos rusos se dispusiesen a atacar Prusia Oriental. Para llevar a cabo el plan era imprescindible violar la neutralidad belga ya que ese país se convertía en una pieza clave de la maniobra alemana.

Entre los días 3 y 4 de agosto de 1914, las tropas alemanas penetraron en Bélgica sin encontrar oposición a su avance. La resistencia belga se concentró en la ciudad de Lieja que se opuso ferozmente al avance prusiano. Mientras tanto, los franceses pasaron a la acción atacando las provincias imperiales de Alsacia y Lorena siguiendo el Plan XVII, pero los ejércitos alemanes concentrados en esos territorios la frenaron enseguida y la hicieron fracasar.

Los ejércitos del Reich continuaron su ofensiva ante unas atónitas autoridades francesas que veían como las tropas belgas eran masacradas y se refugiaban en la ciudad de Amberes dejando paso libre a los alemanes. Ante esta situación, el Reino Unido se apresuró a enviar a la Fuerza Expedicionaria Británica (British Expeditionary Force, BEF) que se unió a las unidades francesas para hacer frente al avance alemán. Pero el día 21 de agosto las tropas del Reich parecían imparables y el ejército franco-británico parecía incapaz de oponer resistencia.

Pocos días después el frente de guerra se situaba a sólo 23 kilómetros al noreste de París, la capital estaba seriamente amenazada y la derrota francesa parecía inminente. Los ejércitos de la entente eran incapaces de frenar el empuje de los alemanes que estaban a punto de culminar su estrategia y hacer sucumbir a la potencia gala mientras las autoridades de París enviaban más y más soldados al frente utilizando los taxis de la ciudad. La única opción de los aliados era abrir un nuevo frente al este, en Prusia, y para ello presionaron a las autoridades rusas cuyo ejército se estaba movilizando lentamente.

El frente occidental en 1914. Nótese la distancia a la que se quedaron los ejércitos alemanes de París (23 km).


Hacia el 17 de agosto, ante las desesperadas peticiones de ayuda de las autoridades francesas, los ejércitos rusos atravesaban la frontera oriental de Prusia. Esta maniobra, a pesar de que los ejércitos del zar no estaban aún completamente movilizados, desencadenó un gran terror en Berlín ya que sus peores presagios se estaban cumpliendo: Alemania tenía dos frentes de guerra.

A finales de agosto, el comandante de las unidades alemanas, H. von Moltke, se apresuró a retirar dos cuerpos de su ejército del frente occidental y enviarlos a Prusia Oriental para reforzar la defensa frente a las tropas "cosacas" (como se llamaba a los rusos en los periódicos alemanes). Esta decisión marcaría el rumbo de la contienda porque la retirada de parte del ejército alemán frenó el avance sobre Francia y los ejércitos franco-británicos pudieron pasar a la ofensiva. 

Entre el 5 el 12 de septiembre, las unidades francesas apoyadas por la BEF se enfrentaron a los alemanes en una serie de batallas en torno al río Marne. Las fuerzas de combate de los aliados ascendían a 1.100.000 soldados mientras el ejército alemán contaba con 1.485.000 hombres. Las batallas que se libraron en aquellos días fueron especialmente sangrientas y la ribera del río Marne quedó sembrada de cadáveres. Las bajas ascendieron a 236.000 en el bando aliado y a 250.000 en el bando alemán pero el desenlace fue claro: Tras la Primera batalla del Marne, los alemanes se replegaron.

A partir del 18 de septiembre, el objetivo de ambos bandos se fijó en el control de los puertos del noroeste de Francia y Bélgica (Dunkerque, Calais, Ostende, Amberes)  La "carrera hacia el mar", como se denominaron estos avances hacia el norte desencadenaron la oposición de las poblaciones belga y francesa. Hubo resistencias heroicas como la de Ypres, en Bélgica, que resistió desde el 19 de octubre y hasta el 13 de noviembre de 1914. 

Al mismo tiempo que avanzaban hacia el norte, ambos ejércitos trataron de atacar los flancos del enemigo pero estas acciones sólo provocaron la consolidación de posiciones y del frente de guerra. Cada vez que uno de los ejércitos trataba de atacar al enemigo, éste se atrincheraba para proteger sus posiciones y de está forma se configuraron dos sistemas de trincheras paralelos (uno aliado y otro alemán) que se extendían desde el Canal de la Mancha en el norte hasta la frontera con Suiza al sur. Esa línea de frente, cristalizada en las famosas trincheras que aún son visibles en los paisajes francés y belga perduraría hasta el final de la Guerra sin que ninguno de los ejércitos consiguiese hacer avances significativos.

A finales de diciembre de 1914, el frente occidental estaba consolidado y la contienda había hecho fracasar las estrategias de alemanes y franceses. La guerra que se quería ganar en mes y medio se alargaba indefinidamente.





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domingo, 23 de marzo de 2014

ADOLFO SUÁREZ: EL ÚLTIMO ESTADISTA ESPAÑOL

“El futuro no está escrito porque sólo el pueblo puede escribirlo”

Quizá con su muerte, el destino ha querido que recuperemos su espíritu y valoremos su obra que, en definitiva, es la obra de todo el pueblo español. Quizá sirva para volver la mirada hacia atrás y observar el camino recorrido. O quizá, simplemente, para mirar al futuro sin perder el pasado. Ha muerto el último gran estadista español, el artífice de lo que somos hoy como país y como sociedad y toda España llora la pérdida de quien hizo posible un futuro en paz y en libertad.

Adolfo Suárez González nació en 1932 en un pueblo de la provincia de Ávila llamado Cebreros. Estudio Derecho en la Universidad de Salamanca y su carrera política comenzó de forma discreta durante el régimen franquista. En 1958 entró en la Secretaría General del Movimiento y en 1967 fue nombrado procurador en Cortes por Ávila. Al año siguiente fue destinado a Segovia como gobernador civil y en 1969 designado director general de RTVE.

Su oportunidad le llegaría tras la muerte del dictador, en 1976, cuando el rey Juan Carlos I le encargó la formación del segundo gobierno de su reinado con el objetivo de desmontar la estructura política del Estado franquista. Nadie confiaba en él. Nadie se fiaba de aquel joven de cuarenta y pocos años que había hecho su carrera política en la dictadura que se le pedía destruir.  Pero lo hizo.

Adolfo Suárez, como presidente del gobierno, acertó a construir un proyecto de Reforma Política que suponía dinamitar la dictadura al mismo tiempo que hacía frente a la oposición de los sectores más reaccionarios del Estado, entre los que se encontraba el Ejército. El Sábado Santo de 1977, legalizó el Partido Comunista (PCE) y unos meses después, el 15 de junio, ganó las primeras elecciones democráticas celebradas en España desde 1936.

Su gran logro fue conseguir el consenso de todas las fuerzas políticas para construir un futuro democrático. Así se manifestó en la aprobación de la Constitución de 1978, refrendada por todos los españoles el 6 de diciembre de aquel año. Al año siguiente, volvió a ganar las elecciones aunque la tensión política en su propio partido, la UCD (Unión de Centro Democrático), junto con la delicada situación económica que vivía el país, los continuos atentados terroristas de ETA y la crispación social, le forzó a dimitir en enero de 1981. En aquel momento se encontraba solo, después de perder la confianza de todos, incluido el propio rey. 

El 23 de febrero de aquel año, casi un mes después de su dimisión, y aún como presidente del gobierno en funciones, tuvo que hacer frente a una intentona golpista que pretendía la involución de todo lo logrado hasta entonces. Suárez se enfrentó a los militares golpistas con dignidad, sin dejarse humillar por los que pretendían volver cien años atrás. Los militares fracasaron y la débil democracia construida por todos los españoles se mantuvo en pie.  A los pocos días fue sustituido en la presidencia del gobierno por Leopoldo Calvo Sotelo.

Tras su salida del gobierno, intentó recuperar su proyecto político con la fundación de un nuevo partido, el CDS (Centro Democrático y Social), aunque acabó fracasando. Mantuvo su escaño en el Congreso de los Diputados hasta 1991 cuando se retiró de la política activa.

Sólo a partir de ese momento, y con la perspectiva que otorga el tiempo, la sociedad española empezó a reconocer la labor de Suárez. A él, junto con el rey, le debemos todo lo que somos hoy, nuestra libertad y nuestra democracia. Quizá para las nuevas generaciones (incluida la mía) sea un completo desconocido y su obra carezca de valor evidente pero basta con un sólo ejemplo para mostrar su importancia: quizá sin su labor, sin la libertad que él trajo (junto con otros muchos), ahora no podríamos estar leyendo esta entrada. O a lo peor, no podríamos entrar en Internet. 


Desde 2003 la enfermedad del olvido hizo que el presidente perdiese todos sus recuerdos. En pocos meses no recordaba que lo había sido. No se acordaba de lo que había hecho y de cuánto le debemos todos los españoles. Suárez se ha apagado definitivamente, se ha marchado el último estadista español.


Adolfo Suárez, el artífice de la Democracia Española
D.E.P.