Los conceptos del bien y el mal, de lo bueno y lo malo no son universalmente idénticos. En la cultura occidental se basan en normas y principios morales que derivan de la filosofía griega, el derecho romano y el Cristianismo. Lo bueno es lo que se ajusta a éstos y lo malo, lo que se desvía de ellos. En otras culturas, asiáticas y africanas fundamentalmente, estas ideas son diferentes. El bien está más relacionado con la armonía y el papel que uno juega en el entorno en el que vive, su complementariedad con otros elementos del sistema, como el Yin y el Yan, que se complementan el uno al otro.
Siempre que tratamos un conflicto o una guerra en clase aparecen unas preguntas clásicas: ¿Quién es el bueno? ¿Quién es el malo? Y esto fue lo que ocurrió el otro día mientras hablábamos de lo que estaba pasando en Oriente Próximo, en el conflicto de Irán frente a Estados Unidos e Israel. Incapaz de darles una respuesta, de discernir quién es el bueno y quién es el malo en todo este barullo, acabé confesando lo evidente: que nadie sabe lo que está pasando a ciencia cierta y que nada es como parece en realidad. Y de aquel planteamiento acabamos sacando algunas conclusiones interesantes.
Disney nos enseñó en nuestra infancia a identificar claramente al bueno y al malo, al héroe y al villano. Disney refleja con exactitud los conceptos de bien y mal de la cultura occidental que decíamos antes. En cada película, el bueno es quien vence, quien defiende los valores de la justicia y el honor. Es el guapo, el alto y el apuesto. El malo, por el contrario, acumula todo lo negativo, la locura, la maldad, la venganza, la injusticia. Es el feo, el oscuro, y siempre acaba siendo derrotado. Nadie cuestiona si todos los actos del bueno son correctos y tampoco nadie se para a pensar, por un momento, en los motivos del malo para hacer lo que hace. Juzgamos los actos correctos o incorrectos e inferimos si la persona que los cometió es buena o mala por ello, pero no pensamos en las causas que provocaron aquellos actos.
Todos llevamos a nuestra vida diaria estas ideas aprendidas cuando éramos pequeños. Y lo aplicamos a todo lo que nos rodea, sea lo que sea, también a la actualidad. Enseguida identificamos el bien y el mal, el negro y el blanco. Y esto nos hace distinguir con asombrosa nitidez a los buenos y a los malos y a establecer un nosotros y un ellos. No nos paramos a pensar en los matices, en las causas y los motivos de cada acto. Nos ponemos del lado de quien consideramos bueno y nos distanciamos irremediablemente del malo, sin darle siquiera una oportunidad para explicar sus acciones.
En nuestro país, la clase política tiende a hacer lo mismo sobre cualquier tema, tenga la trascendencia que tenga. Nuestros políticos son tan cortos de vista y de mente que no ven la realidad con toda su magnitud. Y lo mismo ocurre con los medios de comunicación y con esos tertulianos - influencers de tres al cuarto que opinan de todo. Reducida a ideas simples, a mensajes cortos y sencillos, utilizan el bien y el mal para diferenciar entre sus ideas y las de otros, polarizando a la opinión pública. No caben matices, no caben grises. O estás con ellos o contra ellos.
Si estás conmigo, debes pensar esto, que es lo correcto, lo bueno. Y si no lo piensas, entonces no eres de los míos, estás con el malo. Da igual del tema que se trate, también de los asuntos internacionales, por otra parte, tan complejos. Y en la cuestión del conflicto en Oriente Próximo lo estamos viendo claramente. En un conflicto internacional de una magnitud no vista en años, seguimos empeñados en distinguir al bueno y al malo. Parece que si eres de derechas, debes apoyar a Trump, a Estados Unidos y a Israel, que son los buenos. Si eres de izquierdas, como buen antiimperialista, apoyarás sin fisuras a Irán.
Y yo me niego a elegir entre un hijo de puta y otro. Ese es precisamente el problema: nos obligan a elegir siempre entre dos hijos de puta y no tenemos por qué hacerlo. Nos obligan a identificar al bueno en un conflicto en el que no está claro quién es quién, y, quizá, no haya ningún bueno y todos sean malos. Quizá sea la distancia y la prudencia la mejor posición en todos estos casos.
Estados Unidos e Israel se presentan como los defensores de la civilización occidental frente a un régimen malvado, pero han roto la legalidad internacional para atacarlo y han causado miles de víctimas inocentes tanto en Irán como en Líbano y en otros lugares de Oriente Próximo. Han violado el Derecho Internacional que ellos mismos impusieron después de la Segunda Guerra Mundial. Tanto Trump como Netanyahu se han convertido en tiranos, lunáticos agresivos que no encuentran ningún limite a su poder, que pretenden destruir el orden mundial que conocíamos y que incluso se burlan de las víctimas del conflicto que ellos mismos han provocado. ¿Son éstos son los buenos?
Por otro lado, Irán se una de las dictaduras más sanguinarias que existen hoy en día. La Republica Islámica instaurada en 1979 es un régimen regido por religiosos fanáticos que imponen la versión más estricta de la ley islámica. Los ayatolás han reprimiendo a la oposición, a algunos colectivos, como los homosexuales y las minorías étnicas, y limitan los derechos y las libertades de la mitad de la población, las mujeres. Las protestas de hace unos meses fueron reprimidas con tanta dureza que causaron miles de muertos. En aquel país los derechos y las libertades civiles que damos por sentados en los países europeos son una mera quimera. Se trata de un Estado que usa el terror y la represión como armas de control de una población cada vez más descontenta. ¿Es éste, entonces, el bueno en esta historia?
No nos dejemos engañar, aquí no hay un bueno ni un malo. Aquí son todos unos hijos de puta, como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia. No es posible distinguir a unos de otros en la guerra. Así que seamos un poco críticos y no adoptemos un bando tan a la ligera. El mundo no es como lo presentaron las películas de Walt Disney durante tantas décadas. Y ésta suele ser la enseñanza que acabamos extrayendo el otro día en el aula hablando sobre todo estos temas: estemos atentos a lo que ocurre; escuchemos, leamos sobre la guerra; pero desconfiemos de todo, de cualquier noticia, de cualquier imagen, de cualquier rumor. Porque en el mundo en el que vivimos, nada es lo que parece y se empeñan en hacernos elegir bando entre dos hijos de puta. El sentido común, el juicio crítico y la prudencia es lo que nos salva de semejante estupidez.
Qué bien explicado, y cuánta razón!👏🏼
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